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Ayuda a las víctimas de la Dana

Religiosas activas y movilizadas

En mi labor de periodista he aprendido a distinguir la fosforescencia en la oscuridad: es una luz que no se acciona mediante un interruptor, tampoco depende de suministros o compañías eléctricas, aparece con fuerza en los momentos más adversos. Se llama generosidad, y se manifiesta sin encargo previo.

Las monjas de este culebrón, pese a sus propias dificultades, nunca olvidaron a quienes necesitaban ayuda, llegaron a sacrificar comodidades personales para socorrer a víctimas que apenas conocían más que por el Telediario. Un ejemplo conmovedor de esta luz solidaria se dio durante la tragedia de la DANA, que dejó 238 fallecidos a causa del desbordamiento de ríos y barrancos, la entrega de estas religiosas se volvió un faro en medio del caos.

Las clarisas de Belorado no esperaron a que las instituciones organizaran la ayuda: se pusieron en marcha de inmediato. Entre ellas, Sor Miryam, la monja valenciana, ella coordinó junto a sus hermanas el envío de material humanitario. El camino no fue fácil: el caos logístico complicó que los recursos alcanzaran a quienes más los necesitaban. Aun así, las monjas no se detuvieron; incluso donaron uno de sus tres vehículos a una familia afectada, un gesto que habla de su compromiso más allá de lo estrictamente material.

Desde su monasterio, enviaron dos furgonetas cargadas de pañales, alimentos, colchones, ropa de cama, un hornillo y todo aquello que pudiera ser útil en medio del desastre. Paralelamente, organizaron misas y oraciones por las víctimas que habían perdido todo, acompañando su acción con un apoyo espiritual silencioso. La burocracia y los intereses enredados retrasaron la recepción de este material, pero las religiosas mantuvieron la esperanza de que, finalmente, pudiera llegar a quienes lo necesitaban. Su solidaridad, en medio del desorden y la desesperación, dejó claro que la ayuda verdadera no espera instrucciones: se actúa con luz pura.

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