en Abadesa

Entrevista a Sor Isabel

Laura García de Viedma, abadesa y religiosa con 40 años de experiencia

Sor Isabel de la Trinidad, religiosa, nació en Burgos el 9 de diciembre de 1965, era una noche de luna llena tan solo 24 horas después de una fecha clave en la historia de la Iglesia: el 8 de diciembre de 1965, día en que se cerraba el Concilio Vaticano II. Fue bautizada el 15 de diciembre en la parroquia de San Lesmes Abad, bajo el patrocinio de la Virgen del Pilar, recibiendo el nombre de Laura.

La abadesa es la máxima autoridad dentro de la comunidad y se caracteriza por ejercer el liderazgo tanto espiritual como administrativo. Es una mujer persistente y de carácter firme, que guía la vida religiosa de las monjas, asegura el cumplimiento de la regla de la orden, administra los bienes del monasterio, observa atentamente a las demás religiosas y establece principios éticos.

Sor Isabel, es una monja de larga trayectoria, habituada a gestionar problemáticas complejas, forjó buena parte de su experiencia en el convento de Lerma, donde tiene sus orígenes vocacionales y donde comenzó a consolidar su carácter. Allí empezó a perfilar ese temperamento estructurado que más tarde marcaría su estilo de gobierno, demostrando capacidad para afrontar los retos que amenazan la vida conventual contemporánea.

Sor Isabel ama a los animales, especialmente a los gatos, y no puede relajarse, ya que siempre debe mirar la vida desde la perspectiva del mundo conventual, siendo ejemplo de vida espiritual, obediencia y experiencia religiosa.

Su manera de actuar ha sido descrita como firme y decidida, en ocasiones polémica y desafiante frente a las autoridades religiosas, como el arzobispo o el comisario pontificio.

Se la considera una mujer resuelta, dispuesta a asumir conflictos y a sostener sus convicciones, aun cuando ello haya generado tensiones tanto dentro de la comunidad como en el entorno social. Su postura ante las normas eclesiásticas y los procesos judiciales ha consolidado la percepción de un temperamento combativo y poco inclinado a someterse sin más a la autoridad tradicional.

— Usted nació apenas un día después de la clausura del Concilio Vaticano II. ¿Siente que ese contexto marcó su camino?

— Es una coincidencia significativa —admite—. Nací el 9 de diciembre de 1965. Fui bautizada en San Lesmes Abad bajo el patrocinio de la Virgen del Pilar. Crecí en una familia sencilla, profundamente unida. Mis padres, Enrique y María, nos enseñaron responsabilidad y fe. No imaginaba entonces la clausura, pero sí recuerdo una inquietud interior muy fuerte.

Soy la tercera de cuatro hermanos. Estudié en el colegio de las Religiosas de Jesús María y después en el Instituto Diego Porcelos, donde cursé Ciencias. En 1984, con apenas 18 años, ingresé como postulante en el Monasterio de Santa Clara de Lerma.

—Allí comenzó todo —dice—. El noviciado, los votos temporales, la profesión solemne en 1990. Aprendí disciplina interior. La vida clarisa no es idealismo; es concreción.

Oficios, arte y sostenimiento

—En Lerma asumió muchas responsabilidades desde muy joven.

—Sí. Con 24 años era responsable del obrador. Fui tornera, portera, hospedera, encargada de formación permanente… La comunidad exige una disponibilidad total.

Su biografía en esa etapa sorprende por la diversidad. Además de las tareas conventuales, desarrolló una intensa actividad artística.

—Ilustré la revista federal Hermanas Menores. Trabajé en libros como Repostería Monacal, Postres Monacales, el Calendario Monacal de Ediciones Planeta, el libro vocacional Clara ayer y hoy, el volumen del VIII Centenario Puesta Segura… También colaboré con Concepcionistas y Teresianas. Dibujaba a pluma, con tinta china, aerógrafo, sprays…

Recuerda incluso trabajos en barro cocido junto al artista burgalés Núñez, de Quintanilla del Agua: figuras, pilas de agua bendita para aniversarios sacerdotales. Y una producción incansable de muñecos, lámparas y peluches.

—Nos pagaban las ilustraciones. Aquello ayudaba a sostener gastos. Era creatividad puesta al servicio de la comunidad.

Belorado: reconstruir desde los cimientos

En octubre de 1998 se trasladó al Monasterio de Santa Clara de Belorado, con 32 años, para colaborar en su revitalización.

—¿Qué encontró allí?

—Mucho trabajo. Había que reconstruir edificio, obrador, formación inicial… En Belorado prácticamente enterré mi vena artística.

Fue sacristana, hospedera, telefonista, encargada de riego y jardines. Durante diez años (1998–2008) asumió la responsabilidad de obras junto a la Madre Pureza, liderando la reconstrucción integral del monasterio.

—No era solo levantar muros —aclara—. Era levantar una comunidad.

En 2003 fue nombrada auxiliar del noviciado; en 2005, maestra de novicias y junioras. Y el 26 de julio de 2011, festividad de Santa Marta, fue elegida abadesa.

—El cargo no es un honor, es una carga —afirma—. Gobernar es velar por la fidelidad a la regla, por la economía, por cada hermana.

Derio: fusión y fundación

El mismo año de su elección, el monasterio de Derio solicitó la fusión con Belorado.

—Se votaron el mismo día una fusión y una fundación —explica—. Don Mario suprimió el monasterio de Derio e hizo la fusión. El 28 de octubre de 2013 Roma decretó la nueva fundación en Derio, que actualmente no ha sido anulada.

Aclara que en Derio “solo puso el broche a lo que dejó preparado la Madre Pureza entre 2009 y 2011”. Sin embargo, dirigió las obras de reconstrucción hasta 2020, impulsó formación profesional para las monjas con la Escuela Artxanda y promovió iniciativas económicas como la tienda monástica (2013) y la hospedería (2016).

Innovación y sostenibilidad

Entre 2020 y 2024 supervisó la reconstrucción del monasterio de Orduña, mejoró tejados y promovió ahorro energético con placas fotovoltaicas para calefacción global.

—La pobreza franciscana no es descuido —dice—. Es responsabilidad.

Impulsó también una huerta ecológica con taller de embotados y zumos frescos, cuyos productos se vendían en mercados locales.

—Trabajar la tierra nos devuelve a lo esencial.

Convicción y conflicto

En 2024 cumplió 40 años en la Orden de Santa Clara. Ese mismo año, el 13 de mayo, junto a su comunidad, manifestó públicamente su salida de la denominada Nueva Iglesia Romana Conciliar.

—¿Cómo se vive una decisión así?

—Con dolor. Nadie busca el conflicto. Pero la conciencia no se delega. Si creemos que debemos permanecer fieles a nuestra fe y a nuestra consagración según la forma de vida de San Francisco y Santa Clara, actuamos en consecuencia.

Su figura ha sido admirada por unos y cuestionada por otros. Se la describe como firme, combativa, poco inclinada a someterse sin más a la autoridad tradicional. Ella escucha esas definiciones sin alterarse.

—La serenidad no es ausencia de conflicto —repite—. Es determinación profunda ante la adversidad.

La entrevista concluye donde comenzó: en la hospedería, ese punto de encuentro entre clausura y mundo. La puerta vuelve a cerrarse con suavidad. Queda la impresión de haber conversado con una mujer que ha conjugado arte y administración, reconstrucción y contemplación, obediencia y convicción.

En el piano de Belorado, cada tecla es necesaria. Y la abadesa, más que solista, se entiende a sí misma como quien mantiene afinado el instrumento para que la melodía —imperfecta, humana, perseverante— pueda seguir sonando.

Francisco Canals

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