Entrevista a Sor Isabel, una vida dedicada a la vida contemplativa

Durante más de cuatro décadas, sor Isabel ha vivido entregada a la vida contemplativa siguiendo la espiritualidad de Santa Clara. Su historia es la de una vocación nacida del enamoramiento de Jesucristo, marcada por la oración, el trabajo y una búsqueda constante de fidelidad a la verdad. En esta conversación repasa el origen de su llamada, las dudas que han acompañado su camino y el profundo proceso interior que, tras 42 años de vida religiosa, ha transformado su visión de la Iglesia sin alterar el motivo que la llevó a entrar en el convento: seguir a Cristo.

Sor Isabel, ¿qué la llevó a ingresar en un monasterio de clausura?

Entré al monasterio porque me había enamorado de Jesucristo. Quería vivir con Él, para Él, seguir sus pasos, aprender de Él y compartir toda mi vida con Él.

Ese deseo me fue conduciendo, poco a poco, a la vida de clarisa, a la vida en comunidad. Descubrí una existencia hermosa, centrada sobre todo en la oración, la liturgia y el culto, pero también en el trabajo, vivido con sencillez y pobreza para poder salir adelante.

Entré muy joven, con apenas 18 años, y tenía unas ganas enormes de aprender. La comunidad me brindó la oportunidad de crecer en muchos ámbitos, tanto humana como espiritualmente. Ese fue el comienzo de mi camino y el marco en el que se ha desarrollado toda mi vida.

En una vocación tan prolongada, ¿ha habido momentos de duda?

Sí, por supuesto. Han existido muchas etapas y muchos momentos en los que me he detenido a pensar si realmente estaba en el lugar adecuado, si debía seguir dentro de la vida contemplativa como hija de Santa Clara o si mi sitio estaba en otro lugar.

Creo que esas preguntas forman parte del crecimiento de cualquier persona. Yo también me las he hecho muchas veces. Pero siempre volvía al origen, al punto de partida de mi vocación, y comprobaba que delante de mí volvía a abrirse un camino por el que podía seguir avanzando.

Nunca sentí que llegara a un muro o a una imposibilidad. Mi experiencia ha sido la de ir creciendo de etapa en etapa, de luz en luz. También ha habido mucho sufrimiento: incertidumbres, dolores, cansancio y trabajo, como ocurre en cualquier vida. Pero junto a Cristo, junto a la Virgen, y en el descubrimiento cada vez más profundo de la Santísima Trinidad, he encontrado una luz inmensa que lo llena todo y que hace posible vivir con plenitud.

¿Cómo describiría su experiencia personal de fe durante todos estos años?

La resumiría diciendo que Cristo se me ha ido revelando en el interior. Siempre me ha acompañado mucho una expresión de san Pablo: «El Padre se dignó revelar a su Hijo en mí.» Me siento profundamente identificada con esas palabras.

Esa ha sido también mi experiencia: una revelación interior de Jesucristo. Él me hizo comprender quién era Él y quién era yo para Él. Me sentí profundamente amada y elegida.

Desde entonces he ido aprendiendo a amarle. Y he descubierto que amar a Jesucristo es, necesariamente, amar a todos.

Después de más de cuatro décadas de vida religiosa, ¿ha cambiado su manera de entender esa vocación?

Llevo ya cuarenta y dos años caminando en la vida religiosa. Sin embargo, cuando me acercaba a los treinta y cinco años de vida consagrada, comenzó para mí una etapa especialmente intensa, tanto por dentro como por fuera.

Fue entonces cuando empecé a comprender, con creciente claridad, que me habían engañado; que quienes decían ser una cosa en realidad eran otra. Llegué a la convicción de que no existe legitimidad en la autoridad de Roma ni en la de los obispos y, en consecuencia, que todo lo que ha emanado del Concilio y del magisterio actual ha supuesto para mí una auténtica pesadilla.

Es como si el suelo se resquebrajara bajo tus pies. Pero, paradójicamente, por esas grietas también entra mucha luz. Una luz tan intensa que te obliga a seguirla, a aferrarte a ella.

Lejos de romper con el propósito que me llevó a entrar en el monasterio, esa experiencia lo ha iluminado y fortalecido todavía más.

Hoy puedo decir con mayor convicción que nunca que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida.

Entrevista a Sor Isabel

Laura García de Viedma, abadesa y religiosa con 40 años de experiencia

Sor Isabel de la Trinidad, religiosa, nació en Burgos el 9 de diciembre de 1965, era una noche de luna llena tan solo 24 horas después de una fecha clave en la historia de la Iglesia: el 8 de diciembre de 1965, día en que se cerraba el Concilio Vaticano II. Fue bautizada el 15 de diciembre en la parroquia de San Lesmes Abad, bajo el patrocinio de la Virgen del Pilar, recibiendo el nombre de Laura.

La abadesa es la máxima autoridad dentro de la comunidad y se caracteriza por ejercer el liderazgo tanto espiritual como administrativo. Es una mujer persistente y de carácter firme, que guía la vida religiosa de las monjas, asegura el cumplimiento de la regla de la orden, administra los bienes del monasterio, observa atentamente a las demás religiosas y establece principios éticos.

Sor Isabel, es una monja de larga trayectoria, habituada a gestionar problemáticas complejas, forjó buena parte de su experiencia en el convento de Lerma, donde tiene sus orígenes vocacionales y donde comenzó a consolidar su carácter. Allí empezó a perfilar ese temperamento estructurado que más tarde marcaría su estilo de gobierno, demostrando capacidad para afrontar los retos que amenazan la vida conventual contemporánea.

Sor Isabel ama a los animales, especialmente a los gatos, y no puede relajarse, ya que siempre debe mirar la vida desde la perspectiva del mundo conventual, siendo ejemplo de vida espiritual, obediencia y experiencia religiosa.

Su manera de actuar ha sido descrita como firme y decidida, en ocasiones polémica y desafiante frente a las autoridades religiosas, como el arzobispo o el comisario pontificio.

Se la considera una mujer resuelta, dispuesta a asumir conflictos y a sostener sus convicciones, aun cuando ello haya generado tensiones tanto dentro de la comunidad como en el entorno social. Su postura ante las normas eclesiásticas y los procesos judiciales ha consolidado la percepción de un temperamento combativo y poco inclinado a someterse sin más a la autoridad tradicional.

— Usted nació apenas un día después de la clausura del Concilio Vaticano II. ¿Siente que ese contexto marcó su camino?

— Es una coincidencia significativa —admite—. Nací el 9 de diciembre de 1965. Fui bautizada en San Lesmes Abad bajo el patrocinio de la Virgen del Pilar. Crecí en una familia sencilla, profundamente unida. Mis padres, Enrique y María, nos enseñaron responsabilidad y fe. No imaginaba entonces la clausura, pero sí recuerdo una inquietud interior muy fuerte.

Soy la tercera de cuatro hermanos. Estudié en el colegio de las Religiosas de Jesús María y después en el Instituto Diego Porcelos, donde cursé Ciencias. En 1984, con apenas 18 años, ingresé como postulante en el Monasterio de Santa Clara de Lerma.

—Allí comenzó todo —dice—. El noviciado, los votos temporales, la profesión solemne en 1990. Aprendí disciplina interior. La vida clarisa no es idealismo; es concreción.

Oficios, arte y sostenimiento

—En Lerma asumió muchas responsabilidades desde muy joven.

—Sí. Con 24 años era responsable del obrador. Fui tornera, portera, hospedera, encargada de formación permanente… La comunidad exige una disponibilidad total.

Su biografía en esa etapa sorprende por la diversidad. Además de las tareas conventuales, desarrolló una intensa actividad artística.

—Ilustré la revista federal Hermanas Menores. Trabajé en libros como Repostería Monacal, Postres Monacales, el Calendario Monacal de Ediciones Planeta, el libro vocacional Clara ayer y hoy, el volumen del VIII Centenario Puesta Segura… También colaboré con Concepcionistas y Teresianas. Dibujaba a pluma, con tinta china, aerógrafo, sprays…

Recuerda incluso trabajos en barro cocido junto al artista burgalés Núñez, de Quintanilla del Agua: figuras, pilas de agua bendita para aniversarios sacerdotales. Y una producción incansable de muñecos, lámparas y peluches.

—Nos pagaban las ilustraciones. Aquello ayudaba a sostener gastos. Era creatividad puesta al servicio de la comunidad.

Belorado: reconstruir desde los cimientos

En octubre de 1998 se trasladó al Monasterio de Santa Clara de Belorado, con 32 años, para colaborar en su revitalización.

—¿Qué encontró allí?

—Mucho trabajo. Había que reconstruir edificio, obrador, formación inicial… En Belorado prácticamente enterré mi vena artística.

Fue sacristana, hospedera, telefonista, encargada de riego y jardines. Durante diez años (1998–2008) asumió la responsabilidad de obras junto a la Madre Pureza, liderando la reconstrucción integral del monasterio.

—No era solo levantar muros —aclara—. Era levantar una comunidad.

En 2003 fue nombrada auxiliar del noviciado; en 2005, maestra de novicias y junioras. Y el 26 de julio de 2011, festividad de Santa Marta, fue elegida abadesa.

—El cargo no es un honor, es una carga —afirma—. Gobernar es velar por la fidelidad a la regla, por la economía, por cada hermana.

Derio: fusión y fundación

El mismo año de su elección, el monasterio de Derio solicitó la fusión con Belorado.

—Se votaron el mismo día una fusión y una fundación —explica—. Don Mario suprimió el monasterio de Derio e hizo la fusión. El 28 de octubre de 2013 Roma decretó la nueva fundación en Derio, que actualmente no ha sido anulada.

Aclara que en Derio “solo puso el broche a lo que dejó preparado la Madre Pureza entre 2009 y 2011”. Sin embargo, dirigió las obras de reconstrucción hasta 2020, impulsó formación profesional para las monjas con la Escuela Artxanda y promovió iniciativas económicas como la tienda monástica (2013) y la hospedería (2016).

Innovación y sostenibilidad

Entre 2020 y 2024 supervisó la reconstrucción del monasterio de Orduña, mejoró tejados y promovió ahorro energético con placas fotovoltaicas para calefacción global.

—La pobreza franciscana no es descuido —dice—. Es responsabilidad.

Impulsó también una huerta ecológica con taller de embotados y zumos frescos, cuyos productos se vendían en mercados locales.

—Trabajar la tierra nos devuelve a lo esencial.

Convicción y conflicto

En 2024 cumplió 40 años en la Orden de Santa Clara. Ese mismo año, el 13 de mayo, junto a su comunidad, manifestó públicamente su salida de la denominada Nueva Iglesia Romana Conciliar.

—¿Cómo se vive una decisión así?

—Con dolor. Nadie busca el conflicto. Pero la conciencia no se delega. Si creemos que debemos permanecer fieles a nuestra fe y a nuestra consagración según la forma de vida de San Francisco y Santa Clara, actuamos en consecuencia.

Su figura ha sido admirada por unos y cuestionada por otros. Se la describe como firme, combativa, poco inclinada a someterse sin más a la autoridad tradicional. Ella escucha esas definiciones sin alterarse.

—La serenidad no es ausencia de conflicto —repite—. Es determinación profunda ante la adversidad.

La entrevista concluye donde comenzó: en la hospedería, ese punto de encuentro entre clausura y mundo. La puerta vuelve a cerrarse con suavidad. Queda la impresión de haber conversado con una mujer que ha conjugado arte y administración, reconstrucción y contemplación, obediencia y convicción.

En el piano de Belorado, cada tecla es necesaria. Y la abadesa, más que solista, se entiende a sí misma como quien mantiene afinado el instrumento para que la melodía —imperfecta, humana, perseverante— pueda seguir sonando.

Francisco Canals

Bienvenido a la historia de las Monjas de Belorado!

Hay historias que nacen en el silencio de los claustros y acaban resonando más allá de sus muros. La de las llamadas “monjas rebeldes” de Belorado es una de ellas. Este es un blog y espacio del periodista español Francisco Canals, nace con un propósito claro: documentar, con rigor periodístico y sin concesiones, toda la historia de este singular episodio que ha sacudido a la Iglesia y ha despertado un intenso debate social.

La finalidad de esta página no es juzgar, sino reconstruir. Aquí se recogerán las distintas etapas de un conflicto que ha atravesado dimensiones espirituales, jurídicas, humanas y mediáticas. Desde los primeros indicios de discrepancia doctrinal hasta los momentos de mayor tensión institucional, pasando por los comunicados, las decisiones internas, las reacciones oficiales y el impacto en la comunidad local.