Sor Berit: «Nos hemos convertido en un faro para muchas personas»

Sor Berit, una de las monjas clarisas de Belorado, habla con firmeza sobre la decisión de las religiosas de hacer pública su postura y sobre las reacciones que su actitud ha provocado dentro y fuera de su entorno. Lejos de considerar que hayan generado un escándalo, defiende que simplemente han dado un paso al frente para expresar sus convicciones y aquello que consideran verdadero. En esta conversación, Sor Berit asegura que, aunque algunas personas se han alejado de ellas, también han recibido numerosas muestras de apoyo desde distintos lugares del mundo. «Nos están llamando de distintos países para darnos ánimos», explica, convencida de que el mensaje de las religiosas ha trascendido el ámbito de Belorado.

—En los últimos meses han recibido numerosas muestras de apoyo. ¿Cómo están viviendo ese respaldo?

—Lo vivimos con mucho agradecimiento. Nos están llamando de distintos países del mundo para darnos ánimos y también recibimos mensajes de personas que quieren transmitirnos su apoyo. Muchas veces son personas que no conocemos, pero que han sentido la necesidad de ponerse en contacto con nosotras. Para nosotras es muy importante saber que hay gente que está siguiendo lo que ocurre y que comprende nuestra posición.

—Ese apoyo contrasta con el alejamiento de algunas personas de su entorno más cercano.

—Sí, y es una realidad que hemos vivido. Muchas personas de nuestro entorno se han retirado, pero al mismo tiempo otras se están aproximando. Hay personas que se han acercado precisamente porque consideran que hemos hecho algo importante al dar la cara y expresar públicamente lo que pensamos. En una situación como esta hay personas que se alejan y otras que, por el contrario, sienten que quieren estar más cerca.

—¿Sienten entonces que hay mucha gente detrás de ustedes?

—Hay mucha gente en el mundo que nos apoya. Nos llegan muestras de cariño desde distintos lugares y eso nos da fuerza. También nos demuestra que lo que estamos viviendo no se queda solamente aquí. Ha trascendido y ha llegado a personas que, de alguna manera, se sienten identificadas con lo que hemos hecho.

—Ustedes publicaron un manifiesto católico. ¿Qué les llevó a hacerlo?

—Nosotras publicamos un manifiesto católico porque sentíamos que teníamos que expresar nuestra posición. Era importante para nosotras dejar constancia de aquello en lo que creemos y poder explicarlo públicamente. No queríamos permanecer en silencio cuando considerábamos que había cosas que debían decirse.

—Han afirmado también que, si los obispos no hablan, tendrán que hablar los fieles. ¿Por qué?

—Porque creemos que los fieles también tienen una responsabilidad. Si los obispos no hablan, tendrán que hablar los fieles. No podemos pensar que solamente quienes tienen una determinada responsabilidad dentro de la Iglesia pueden expresar sus preocupaciones o sus convicciones. Los fieles también tienen voz y creemos que deben utilizarla cuando consideran que es necesario.

—Su decisión de hablar ha generado polémica. ¿Consideran que realmente han provocado un escándalo?

—No es ningún escándalo que nosotras hayamos dicho la verdad. Lo que hemos hecho es hablar desde nuestras convicciones y dar la cara. Cuando una persona dice la verdad, trasciende. Quizá en un primer momento pueda haber personas que no lo entiendan o que no estén de acuerdo, pero cuando uno habla desde la verdad, ese mensaje puede llegar mucho más lejos.

—¿Qué significado tiene para ustedes comprobar que muchas personas les agradecen precisamente haber dado ese paso?

—Para nosotras significa mucho. Hoy en día hay mucha gente que nos agradece haber dado la cara. Eso nos hace pensar que quizá había personas que necesitaban que alguien hablara, que alguien expresara públicamente determinadas cosas. Nosotras no lo hicimos buscando protagonismo, sino porque sentíamos que era nuestra responsabilidad.

—¿Cómo definiría entonces el papel que están desempeñando actualmente las monjas de Belorado?

—Nosotras no buscamos ser protagonistas. Simplemente hemos intentado ser fieles a lo que pensamos y a aquello en lo que creemos. Pero si nuestra actitud está sirviendo para que otras personas reflexionen, para que encuentren una luz o incluso para que se atrevan a expresar sus propias inquietudes, lo agradecemos. Estamos siendo como una luz para muchos y, de alguna manera, nos hemos convertido en un faro para muchas personas.

—¿Qué les diría a quienes continúan apoyándolas desde distintos lugares?

—Que estamos profundamente agradecidas. Saber que hay personas que nos acompañan, que nos dan ánimos y que siguen lo que estamos viviendo desde tantos lugares del mundo es algo que valoramos muchísimo. Al final, cuando uno decide decir la verdad y dar la cara, nunca sabe hasta dónde puede llegar ese testimonio.

Fray Pedro: el significado de los nudos franciscanos

El fraile franciscano que ayuda a las monjas de Belorado nos explica el significado de los nudos, uno de los elementos más característicos de la tradición franciscana.

—Fray Pedro, ¿qué son los nudos franciscanos?

Los nudos franciscanos forman parte del hábito tradicional de los franciscanos. Se trata de una sencilla cuerda que se lleva ceñida a la cintura y que recuerda, en su sencillez, la forma de vida que eligió San Francisco de Asís.

De hecho, la cuerda representa también esa búsqueda de una vida austera y humilde. Era una vestimenta muy sencilla, propia de quien quería vivir en pobreza y desprenderse de lo material.

—¿Qué significan las tres cuerdas o nudos?

Las tres cuerdas representan los tres votos que caracterizan la vida religiosa franciscana: pobreza, castidad y obediencia.

La primera recuerda la pobreza, es decir, vivir con sencillez y poner los bienes materiales al servicio de los demás. La segunda representa la castidad, entendida como una entrega plena de la propia vida a Dios. Y la tercera simboliza la obediencia, que supone poner la propia voluntad al servicio de Dios y de la comunidad.

Así, algo tan sencillo como una cuerda se convierte en un recordatorio permanente del compromiso que asume quien decide seguir el camino de San Francisco.

—¿Y qué es la corona franciscana que llevan algunos religiosos?

La corona franciscana es una forma particular de rosario, también vinculada a la tradición de la Orden Franciscana. Está formada por siete decenas y se conoce también como la Corona de las Siete Alegrías de la Virgen María.

A través de sus cuentas se recuerda y se medita sobre las principales alegrías de María, y se convierte en un instrumento de oración y devoción.

—Por tanto, tanto los nudos como la corona tienen un significado que va mucho más allá de la propia vestimenta.

Exactamente. Son signos sencillos que ayudan a recordar una forma de vida. El hábito, la cuerda y la corona no son simplemente elementos externos: expresan una espiritualidad basada en la sencillez, la oración, la pobreza y el servicio.

En la tradición franciscana, cada uno de estos símbolos pretende llevar a lo esencial: vivir con humildad, confiar en Dios y estar al servicio de los demás.

Monjas perseguidas a lo largo de la historia

A lo largo de la historia, numerosas religiosas fueron perseguidas, procesadas o castigadas por motivos religiosos o por enfrentarse a las estructuras de poder de su tiempo. Entre los casos más conocidos se encuentra Sor Juana Inés de la Cruz, presionada por las autoridades eclesiásticas para abandonar sus escritos y estudios tras defender el derecho de las mujeres al conocimiento. Marguerite Porete fue juzgada por la Inquisición y condenada a la hoguera en 1310 por las ideas expresadas en El espejo de las almas simples. Benedetta Carlini, monja italiana del siglo XVII, fue investigada por supuestas falsas visiones místicas, fue enviada a la cárcel durante 35 años y recluida durante décadas. Las Carmelitas de Compiègne fueron juzgadas, encarceladas y guillotinadas durante la Revolución Francesa por negarse a renunciar a su vida religiosa, las 16 monjas se enfrentaron al sistema al intentar evitar la supresión de los monasterios afirma Canals.

Más recientemente, en 2009, el caso de sor Clara Moya, antigua abadesa del convento de Santa Cruz de Córdoba, generó una notable controversia. Fue apartada de su cargo y expulsada del convento tras una serie de acusaciones relacionadas con la gestión del patrimonio conventual, acusaciones que siempre negó. Quienes respaldan su versión sostienen que fue víctima de una persecución interna derivada de conflictos con la jerarquía eclesiástica y de disputas sobre el control del convento.

Ya en el siglo XXI, encontramos el caso de las monjas de Belorado , estas religiosas consideran que ellas mismas están siendo objeto de una situación similar. Según explica Canals, la comunidad continúa pendiente de nuevas actuaciones judiciales, las hermanas viven una presión sin límites, en una situación sin precedentes en las que monjas con un proyecto de fe y vida podrían ser injustamente encarceladas. Las monjas clarisas de Belorado continúan afrontando nuevos procedimientos judiciales y permanecen a la espera de nuevas comparecencias. Entre ellas, figura la señalada para el próximo 27 de julio de 2026, en relación con la venta de casullas en Wallapop, la venta de obras de arte y el uso de vehículos durante su etapa en el convento de Belorado, todas en fase de instrucción.

Francisco Canals

Entrevista a Sor Belén: «Solo Cristo saciaba mi sed de infinito»

Cruzo lentamente la puerta del monasterio y me adentro en un mundo donde el silencio parece tener cuerpo. El bullicio queda atrás y es sustituido por la quietud del claustro, por el aroma de la piedra antigua y por una paz que envuelve cada rincón. Allí encuentro a Sor Belén, la voz de oro del convento. Es la hermana que hace hablar al órgano conventual; de sus manos nacen melodías puras e infinitas y sonidos celestiales que llenan la iglesia con una belleza serena, como si cada nota fuera una oración elevada al cielo. Antes de abrazar la vida contemplativa estudia Magisterio Musical y ahora pone ese talento al servicio de la liturgia y de sus hermanas.

Es la monja gallega del convento: tranquila, amable, discreta y observadora, dotada de una amabilidad excepcional que se percibe desde el primer instante. Cuando toma asiento frente a mí, al otro lado del locutorio, su serenidad transmite la impresión de quien ha encontrado en Cristo el centro de toda su vida.

Desde muy pequeña pude reconocer la presencia de Dios en mí. Así fueron pasando los años y poco a poco descubrí que sólo Cristo saciaba mi sed de infinito, de un amor que no acaba.

¿Fue esa certeza la que la llevó a ingresar en la vida contemplativa?

Sí. Entré en el monasterio para seguirle a Él junto con mis hermanas, como clarisa, descubrir su voluntad para nosotras y seguirla como un solo cuerpo.

Lleva muchos años viviendo en clausura. ¿Cómo ha sido ese camino?

Desde el 12 de septiembre de 1999 he vivido en clausura, en el monasterio. Ha sido una vida de oración y trabajo junto con mis hermanas. Siempre han sido luz, ejemplo y apoyo para mí. Muchas veces me ayudaron a seguir a Cristo como yo buscaba hacerlo al abrazar esta vida.

Sin embargo, en un momento determinado comenzaron a surgir dudas.

Sí. Ya desde la pandemia empecé a ver cosas en la Iglesia que me parecían extrañas, que no cuadraban con la fe que había profesado.

¿Qué hechos despertaron esa inquietud?

Por ejemplo, que las iglesias estuvieran cerradas y la gente no tuviera acceso a los sacramentos. Pensaba en tantos santos que murieron por contagiarse durante epidemias porque permanecían acompañando a todos. Siempre eran los últimos en abandonar.

¿Aquello fue el inicio de un cuestionamiento más profundo?

Sí. La inquietud fue creciendo cuando oía decir que Cristo no resucitó verdaderamente, sino que la resurrección fue una experiencia espiritual de los apóstoles. O que todos los caminos llevan a Dios, que da igual ser musulmán, católico o budista.

¿Cómo reaccionó ante esas afirmaciones?

Para mí la respuesta era clara. No. Cristo dijo que Él es la Verdad, el Camino y la Vida.

¿Qué se preguntaba entonces?

Era una pregunta muy sencilla, pero cada vez más urgente: «¿Qué está pasando?»

Usted sitúa un momento decisivo en el año 2024.

Así es. Tuvimos la oportunidad de confrontar la doctrina católica de siglos con lo que ahora ocurría bajo la doctrina del Concilio Vaticano II.

¿Qué descubrió en esa confrontación?

Me di cuenta de que, en realidad, estaba viviendo en la herejía, en una gran mentira. Verlo escrito fue una evidencia para mí. Ya no podía negarlo. Sin ninguna duda, ese fue el punto de inflexión.

¿Cómo vivieron ese proceso las demás hermanas?

Gracias a Dios, esa es mi gran alegría. Todas estamos de acuerdo en esto. Cada una, siguiendo su camino, fue llegando a la misma conclusión, y eso nos permite seguir adelante.

Hoy se encuentra inmersa en un proceso penal. ¿Cómo interpreta esa situación?

Tengo la certeza de que ahora me veo acusada de múltiples delitos y envuelta en un proceso penal que conlleva cárcel y ruina económica.

¿A qué atribuye esa situación?

Nada más que por seguir a mi conciencia. Mi conciencia me dice que ésta es la fe que ha creído siempre la Iglesia Católica y que así cumplo con fidelidad lo que un día prometí.

Después de todo lo vivido, ¿qué permanece inalterable en usted?

La certeza de seguir a Cristo y de permanecer fiel a la fe que he creído y prometido vivir.

Campaña #noalacárcelparalasmonjas

Las Monjas de Belorado están en su momento más difícil, después de años dedicados a la oración, la vida religiosa y el servicio, se enfrentan a una situación que muchos consideran inimaginable: la posibilidad de acabar en prisión por un conflicto que ha traspasado las puertas de un convento y ha llegado al corazón de miles de personas.

La campaña de recogida de firmas en Change.org nace con el objetivo de movilizar a la opinión pública y poner de manifiesto el respaldo ciudadano que las monjas de Belorado están recibiendo. Esta iniciativa comienza hoy su recorrido y permanecerá activa durante los próximos seis meses, dando la oportunidad a la ciudadanía de expresar su apoyo y participar en este proceso.

Por este motivo han iniciado una campaña de recogida de firmas en Change.org. No para pedir privilegios. No para situarse por encima de la ley. Sino para reclamar algo que debería ser irrenunciable en cualquier sociedad: justicia, proporcionalidad y respeto por la dignidad de cada persona. Porque detrás de cada expediente hay una historia. Detrás de cada decisión hay vidas humanas. Y detrás de cada conflicto existe la necesidad de escuchar antes de juzgar.

El pasado año, cuando su comunidad se enfrentó al riesgo de un desahucio, miles de ciudadanos quisieron alzar la voz. La campaña “Salvemos a las monjas de Belorado” consiguió el apoyo escrito de 2.464 personas que pidieron una solución basada en el diálogo y el respeto. Hoy, ante un nuevo capítulo de esta historia, vuelven a pedir que la sociedad no permanezca indiferente.

Lo que está en juego va más allá de un caso concreto. Es una reflexión sobre quiénes somos como sociedad. Sobre si elegimos la confrontación frente al entendimiento, la imposición frente al diálogo, la condena antes de escuchar frente a una justicia verdaderamente humana. Porque una sociedad fuerte no es aquella que castiga con más dureza. Es aquella que sabe escuchar incluso en los momentos más difíciles.

Las monjas de Belorado han decidido dar este paso para que su voz no sea silenciada y para que cada ciudadano pueda expresar libremente su posición. Porque hay momentos que definen a una generación. Momentos en los que la historia no solo recuerda lo que ocurrió, sino cómo reaccionamos ante ello. Porque cuando una persona pide ser escuchada, la respuesta de una sociedad revela quién quiere ser, la historia juzgará como respondimos ante este momento excepcional afirma Canals.

Durante años, estas religiosas han vivido alejadas del ruido del mundo, entregadas a una vocación espiritual que para muchos representa sacrificio, austeridad y servicio. Para quienes piden una alternativa a la cárcel, enviar a prisión a unas mujeres cuya vida ha estado marcada por la renuncia personal y la entrega supone una imagen que interpela profundamente a la sociedad.

Hay momentos en los que la historia no pregunta solo qué decisión tomamos, sino con qué espíritu la tomamos.

Porque una celda puede contener un cuerpo, pero nunca podrá contener una vida entera de creencias, sacrificios y servicio.

Y porque, al final, la justicia más elevada no es la que busca vencedores y vencidos, sino aquella capaz de encontrar un camino donde la verdad y la humanidad puedan caminar juntas.

Las monjas no pueden cambiar las rejas de la clausura por las rejas de un centro penitenciario; hacerlo sería, una medida injusta y desproporcionada ante la vida de entrega y servicio que han llevado durante años..

Link a la campaña

Entrevista a Sor Isabel, una vida dedicada a la vida contemplativa

Durante más de cuatro décadas, sor Isabel ha vivido entregada a la vida contemplativa siguiendo la espiritualidad de Santa Clara. Su historia es la de una vocación nacida del enamoramiento de Jesucristo, marcada por la oración, el trabajo y una búsqueda constante de fidelidad a la verdad. En esta conversación repasa el origen de su llamada, las dudas que han acompañado su camino y el profundo proceso interior que, tras 42 años de vida religiosa, ha transformado su visión de la Iglesia sin alterar el motivo que la llevó a entrar en el convento: seguir a Cristo.

Sor Isabel, ¿qué la llevó a ingresar en un monasterio de clausura?

Entré al monasterio porque me había enamorado de Jesucristo. Quería vivir con Él, para Él, seguir sus pasos, aprender de Él y compartir toda mi vida con Él.

Ese deseo me fue conduciendo, poco a poco, a la vida de clarisa, a la vida en comunidad. Descubrí una existencia hermosa, centrada sobre todo en la oración, la liturgia y el culto, pero también en el trabajo, vivido con sencillez y pobreza para poder salir adelante.

Entré muy joven, con apenas 18 años, y tenía unas ganas enormes de aprender. La comunidad me brindó la oportunidad de crecer en muchos ámbitos, tanto humana como espiritualmente. Ese fue el comienzo de mi camino y el marco en el que se ha desarrollado toda mi vida.

En una vocación tan prolongada, ¿ha habido momentos de duda?

Sí, por supuesto. Han existido muchas etapas y muchos momentos en los que me he detenido a pensar si realmente estaba en el lugar adecuado, si debía seguir dentro de la vida contemplativa como hija de Santa Clara o si mi sitio estaba en otro lugar.

Creo que esas preguntas forman parte del crecimiento de cualquier persona. Yo también me las he hecho muchas veces. Pero siempre volvía al origen, al punto de partida de mi vocación, y comprobaba que delante de mí volvía a abrirse un camino por el que podía seguir avanzando.

Nunca sentí que llegara a un muro o a una imposibilidad. Mi experiencia ha sido la de ir creciendo de etapa en etapa, de luz en luz. También ha habido mucho sufrimiento: incertidumbres, dolores, cansancio y trabajo, como ocurre en cualquier vida. Pero junto a Cristo, junto a la Virgen, y en el descubrimiento cada vez más profundo de la Santísima Trinidad, he encontrado una luz inmensa que lo llena todo y que hace posible vivir con plenitud.

¿Cómo describiría su experiencia personal de fe durante todos estos años?

La resumiría diciendo que Cristo se me ha ido revelando en el interior. Siempre me ha acompañado mucho una expresión de san Pablo: «El Padre se dignó revelar a su Hijo en mí.» Me siento profundamente identificada con esas palabras.

Esa ha sido también mi experiencia: una revelación interior de Jesucristo. Él me hizo comprender quién era Él y quién era yo para Él. Me sentí profundamente amada y elegida.

Desde entonces he ido aprendiendo a amarle. Y he descubierto que amar a Jesucristo es, necesariamente, amar a todos.

Después de más de cuatro décadas de vida religiosa, ¿ha cambiado su manera de entender esa vocación?

Llevo ya cuarenta y dos años caminando en la vida religiosa. Sin embargo, cuando me acercaba a los treinta y cinco años de vida consagrada, comenzó para mí una etapa especialmente intensa, tanto por dentro como por fuera.

Fue entonces cuando empecé a comprender, con creciente claridad, que me habían engañado; que quienes decían ser una cosa en realidad eran otra. Llegué a la convicción de que no existe legitimidad en la autoridad de Roma ni en la de los obispos y, en consecuencia, que todo lo que ha emanado del Concilio y del magisterio actual ha supuesto para mí una auténtica pesadilla.

Es como si el suelo se resquebrajara bajo tus pies. Pero, paradójicamente, por esas grietas también entra mucha luz. Una luz tan intensa que te obliga a seguirla, a aferrarte a ella.

Lejos de romper con el propósito que me llevó a entrar en el monasterio, esa experiencia lo ha iluminado y fortalecido todavía más.

Hoy puedo decir con mayor convicción que nunca que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida.

…De cómo uno pasa de buscar a Dios a encontrarle en la Cruz…

Este pequeño relato lo comienzo así, como buscadora de Dios que me reconozco. ¿por qué entré en la vida religiosa? Porque me enamoré, me entusiasmé y quedé prendada de una Persona que tenía todo en sus manos, que era insondable, e imposible de abarcar para la mente humana, y que aún así se hacía cercano y me concedía una vida para ir conociéndole, para que Él se revelase en mi vida. ¿a quién no cautiva una promesa como esta? “El Señor ha elegido a Sión ha deseado vivir en ella, esta es mi mansión por siempre, aquí viviré porque la deseo”Sal 131. Y por si fuera poco, también me regaló “algo” maravilloso. “Algo” que te permite ver la vida con unos ojos especiales, con una mirada profunda, como el que puede sacar el máximo partido a cada cosa que ve, que admira, que hace…la Fe. Una FE que es regalo y gratuito, que es un don que recibes inmerecidamente y que se te pide cuidar. Una Fe que te permite CONOCER, y por tanto AMAR, a Dios y a todos los que Él ama.

En este conocer, se recorre un camino, tantas veces arduo, de purificación, para no ver con ojos mundanos, si no con ojos limpios, sencillos, puros…y se te regala la Gracia de aprender a detectar lo que es Dios y lo que no es Dios. Maestro de vida para aprender esta mirada son Francisco y Clara de Asís, mis padres. Conocerles, pensar en ellos, hablar con ellos y buscar a Dios a través de sus ojos de Fe sigue siendo para mí un entusiasmo cotidiano, un enamoramiento de la Vida, de la Verdad, de la Bondad y de la Belleza.

Ellos me ayudan a ver a Cristo, mi Esposo, como el más bello de los hijos de los hombres, inclusive, y todavía más en la Cruz y hecho Niño en Belén. Pobreza, sencillez, anonadamiento…y entrega y servicio a los que Dios pone a tu lado…a las primeras…a mis hermanas. Así llego hasta ellas, siempre desde el Amor a Él y desde la mirada de Francisco y Clara a los hermanos…a los que compartimos un mismo Padre de las misericordias.

Esto es…sencillamente…mi escenario y mis bastidores e cada día. Esta es la vida que elegí, porque me la enseñaron, porque he sido llamada a ella, porque mis hermanas me han enseñado a vivirlas. Desde las más ancianas, a las que he venerado desde que las conocí, hasta las más jóvenes con las que he compartido el aprendizaje de cómo andar este camino. Porque TODAS son mis hermanas, y sin ellas, yo simplemente no soy yo…sería otra cosa.

Cuando te arrebatan tesoros del corazón, compañías bondadosas, sabidurías con “patas” y personas hechas experiencia de Dios, una sufre en lo más profundo del corazón un desgarro que no quiere llenar con otra cosa que no sean ellas mismas…ese vacío se quedará ahí, como señal de Amor y duelo…y como razón para la lucha, el avance, la fidelidad a la verdad. No hay mentira, calumnia, falsa acusación, y ataque a la integridad, que pueda hacerme dudar de lo que he vivido y de lo que vivo, con conciencia tranquila y corazón esperanzado, pero también con deseo de hacer honor a la Verdad.

Entré en el monasterio por una búsqueda que consideraba profunda…pero que no sabía hasta donde. Traía muchas cosas a esta bendita comunidad…buenas…y no tan buenas…conocimiento de una bella profesión, como es la rama del conocimiento sobre la salud, mi corta experiencia como farmacéutica, mi ilusión, mi carácter, mis tendencias, mis exigencias, mi ruido..mi… mi… mi… para ir dejando de ser solo yo y mis cosas a ser Suya y nuestra…para Él y para ellas. Me enseñaron cosas sobre Dios, pero lo más importante es que me mostraron a Dios hasta que Él se me mostró a mí. Su revelación personal y Su Iglesia, su donación a su Esposa, la Iglesia y sus interminables promesas de Cruz y Resurrección.

La vida contemplativa te educa en eso, en CONTEMPLAR. Al acercarse a la belleza, uno aprende a distinguir la fealdad; al contemplar la Verdad, uno aprende a detectar la mentira; y al abrazarse a Quien es la Bondad, uno se hace sensible a la maldad. Hice cada paso que el camino de formación inicial para la vida religiosa te va marcando. No sé si bien o mal…eso es cuestión moral. Pero fue un camino de crecimiento, un camino auténtico de libertad y de pobreza. Aprendí a amar a las hermanas, por lo menos en parte, a obedecer en una pequeña medida, a fiarme y abandonar mi vida en manos de Otro…pero solo de Uno. Me hice sensible a las cosas de Dios… empecé a amar lo que Él amaba y a interesarme por los asuntos de mi Padre, como Jesús dijo en el templo a los doce años.

El testimonio de Sor Paloma: así explica una clarisa de Belorado la decisión que cambió sus vidas

Sor Paloma, la monja cordobesa de la comunidad de clarisas de Belorado, es una de las religiosas que permanece al frente de una batalla marcada por la adversidad. Junto al resto de sus hermanas, afronta desahucios, procedimientos judiciales, visitas a los juzgados, sanciones y embargos, en un conflicto que ha trascendido el ámbito eclesial para convertirse también en una cuestión civil y mediática. Pese a las dificultades, ella y las demás religiosas aseguran mantenerse firmes en su decisión de seguir adelante para defender aquello que consideran la verdadera fe católica. En su testimonio explica el camino espiritual e intelectual que, según afirma, conduce a la comunidad a tomar una de las decisiones más trascendentales de su vida.

Sor Paloma explica que, cuando conoce el monasterio de Belorado, lleva ya varios años buscando un lugar donde vivir su vocación como Esposa de Cristo según la espiritualidad de san Francisco y santa Clara, una espiritualidad que siempre le apasiona. Cuenta que se enamora del monasterio y que se siente profundamente atraída por la vida de aquellas hermanas, quienes la acogen con cariño.

Destaca que siempre percibe en la comunidad un gran equilibrio entre la dimensión divina y la humana de la vida religiosa. Afirma que allí aprende a vivir su vocación de clarisa de forma unificada, sin separar la oración, el trabajo, las relaciones personales, el descanso o el sufrimiento. Explica que entiende toda circunstancia como un lugar de encuentro con Dios y de entrega a Él, y sostiene que esa forma de vivir continúa siendo hoy el fundamento de su vida espiritual. Añade que es en ese monasterio donde, por la gracia de Dios, se entrega al Señor y a la que entonces considera la Iglesia.

Según relata, todas las hermanas comparten un profundo rechazo hacia determinadas corrientes espirituales que, en su opinión, relativizan la fe católica, banalizan lo sagrado o reducen la vida espiritual a planteamientos psicológicos. Comenta que sufren especialmente cuando participan en celebraciones presididas por sacerdotes que, a su juicio, transmiten ese tipo de ideas.

También afirma que la comunidad rechaza doctrinas como la reencarnación y cualquier enseñanza que, según entienden, niegue verdades fundamentales de la fe, como la resurrección, el perdón de los pecados, la presencia real de Cristo en la Eucaristía o la divinidad de Jesucristo. Explica que consideran preocupante encontrar esas ideas entre algunos fieles, sacerdotes, religiosos e incluso obispos, y subraya que tanto las hermanas mayores como las más jóvenes mantienen una postura unánime en este aspecto.

Sor Paloma relata que, con el paso del tiempo, va profundizando en la diferencia entre el pecado y la herejía, llegando a la convicción de que esta última reviste una gravedad especial. Explica que estas cuestiones son motivo frecuente de conversación entre las hermanas, quienes estudian, preguntan, contrastan y buscan respuestas a las dudas que les surgen. Según afirma, esas respuestas no llegan desde la Iglesia posterior al Concilio Vaticano II.

Cuenta que el proceso se vuelve especialmente doloroso cuando comienzan a identificar lo que consideran herejías en las enseñanzas del papa Francisco —a quien se refiere por su apellido, Bergoglio— y, más ampliamente, en los documentos del Concilio Vaticano II. Describe ese momento como una profunda decepción y afirma que llegan a la conclusión de que han sido engañadas. Explica que posteriormente conocen el sedevacantismo, donde, según dice, encuentran respuestas fundamentadas en la Tradición de la Iglesia que confirman el camino de discernimiento que ya habían iniciado.

En este contexto, menciona diversas enseñanzas que, según su interpretación, contradicen la doctrina católica tradicional, entre ellas la afirmación de que todas las religiones conducen a Dios, determinadas formulaciones sobre la fraternidad universal, el ecumenismo, el diálogo interreligioso o algunas interpretaciones sobre la salvación. Sostiene que estas enseñanzas confirman, a su juicio, que los papas posteriores al Concilio Vaticano II no son verdaderos papas y que sus enseñanzas no forman parte del auténtico magisterio de la Iglesia.

Asimismo, explica que el estudio de la liturgia las lleva a considerar que la reforma de la Misa posterior al Concilio supone una ruptura con la tradición litúrgica anterior y que, desde su punto de vista, la nueva celebración ha perdido elementos esenciales de la Santa Misa tradicional. Sor Paloma afirma que, tras un largo proceso de oración, sufrimiento y discernimiento, ella y las demás hermanas deciden romper con la Iglesia nacida del Concilio Vaticano II y regresar a lo que consideran la verdadera Iglesia católica.

Por último, sostiene que todas las actuaciones civiles y eclesiásticas posteriores —incluidas las denuncias, los procedimientos judiciales, la pérdida del monasterio y otras medidas adoptadas contra la comunidad— responden, según su interpretación, a una persecución motivada por su postura religiosa y por haber hecho pública su adhesión al sedevacantismo. Como ejemplo, señala que las hermanas que abandonan esa posición dejan de ser objeto de las acusaciones que pesaban sobre ellas, circunstancia que, a su juicio, refuerza la idea de que el conflicto tiene un trasfondo de carácter religioso.

Las religiosas difunden un comunicado en respuesta a la apertura de juicio oral

Las monjas de Belorado han remitido a los medios de comunicación un comunicado en el que exponen su valoración sobre los presuntos delitos recogidos en el auto de apertura de juicio oral, rechazando de forma categórica las acusaciones formuladas contra ellas.

En relación con el presunto delito de coacciones, las religiosas sostienen que se trata de una acusación «imaginaria». Afirman que existen dos declaraciones directas de las monjas de mayor edad, recogidas en documentos públicos —un acta de la Guardia Civil y un acta judicial—, en las que manifestaron su voluntad de permanecer en el monasterio de Orduña junto a sus hermanas. Añaden que no existe ninguna constancia documental de una voluntad distinta.

Respecto a los presuntos delitos de malos tratos y abandono, las monjas aseguran que las acusaciones son «inventadas». Según explican, cuando las religiosas mayores fueron trasladadas al hospital y examinadas en el servicio de Urgencias presentaban, afirman, un estado de salud normal, estaban correctamente hidratadas y nutridas y las analíticas reflejaban la administración de la medicación que tenían prescrita. Sostienen, por ello, que no existió abandono ni falta de atención médica. Asimismo, califican de «falsas» las acusaciones relativas a una supuesta falta de higiene, ausencia de descanso o incidentes con animales, y sostienen que dichas afirmaciones proceden de personas que, según su versión, no conocían de primera mano la vida en el monasterio y, en algunos casos, actuaban movidas por animadversión hacia la comunidad.

En cuanto a los presuntos delitos de administración desleal y apropiación indebida, las religiosas consideran que las acusaciones constituyen una «completa deformación de la realidad». Explican que el destino de las pensiones de las religiosas mayores era contribuir al sostenimiento de la comunidad y a los gastos derivados de su cuidado, un sistema que, señalan, responde al funcionamiento habitual de un monasterio de clausura, donde todos los ingresos se integran en una caja común.

Las monjas cuestionan además que las pensiones fueran percibidas por el comisario designado para intervenir los monasterios, al entender que no convivía con la comunidad ni asumía directamente la atención de las religiosas mayores. Según exponen en el comunicado, dicho comisario habría recibido la totalidad de las pensiones entre junio y diciembre de 2024 y, en el caso de dos de las religiosas, continuaría percibiéndolas en la actualidad. Las religiosas sostienen que, pese a ello, no ha sido investigado por esos hechos.

Finalmente, defienden que los recursos económicos del monasterio siempre se destinaron al mantenimiento de la comunidad y a la atención de las religiosas, citando como ejemplo el coste de un tratamiento privado de rehabilitación para una de las monjas mayores, cuya pensión —afirman— nunca fue gestionada por ellas. También rechazan las acusaciones de haber destinado esos fondos a fines particulares, asegurando que las únicas actividades económicas desarrolladas por la comunidad eran las destinadas a garantizar su sostenimiento, como la cría de mascotas y la explotación de un restaurante tras el cese de la actividad relacionada con la elaboración de chocolate.

La justicia pide 12 años de cárcel para las religiosas

Ante las informaciones relativas al procedimiento judicial que nos afecta y conforme a la información trasladada por nuestra representación legal, la Fiscalía y la acusación particular han solicitado una pena de doce años de prisión para cada una de las monjas de Belorado. Ante esta petición, queremos expresar públicamente nuestro desacuerdo:

Asimismo, queremos reiterar que seguimos considerándonos plenamente inocentes de las graves acusaciones que se nos atribuyen en relación con nuestras queridas hermanas mayores. Afrontamos este procedimiento con la serenidad de quien sabe que no ha cometido los hechos que se le imputan y con la esperanza de que la verdad pueda quedar plenamente acreditada.

Lejos de encontrar comprensión, sentimos que la presión sobre nuestra comunidad no ha dejado de aumentar, asemejándose más bien a una caza de brujas como en la antigua inquisición. Vivimos este proceso con enorme tristeza y con la convicción de que se pretende quebrar nuestra comunidad y destruir nuestro proyecto de vida. Sin embargo, queremos dejar claro que no renunciaremos a aquello en lo que creemos. Seguiremos adelante con la misma determinación que nos ha acompañado hasta ahora.

Algunos nos consideran monjas rebeldes. Nosotras preferimos definirnos como mujeres de fe, conscientes de nuestras decisiones y dispuestas a asumir las consecuencias de actuar conforme a nuestra conciencia. Nuestra fortaleza nace de la fe, de la oración y de la esperanza.

Desde nuestra perspectiva, todo lo que estamos viviendo supone una persecución y un castigo por haber desafiado a la autoridad eclesiástica y haber seguido el camino que, en conciencia, entendimos que debíamos recorrer. Esa es nuestra vivencia y así queremos expresarla públicamente.

A pesar del sufrimiento, no responderemos con odio ni con resentimiento. Continuaremos defendiendo nuestra dignidad, nuestra libertad de conciencia y nuestra vocación, confiando en que la verdad prevalecerá.

Pedimos respeto para nuestra comunidad, para nuestra libertad de conciencia y para el derecho de la sociedad a conocer todas las circunstancias de este caso antes de emitir un juicio definitivo.

Firmado: Monjas Clarisas de Belorado