Cruzo lentamente la puerta del monasterio y me adentro en un mundo donde el silencio parece tener cuerpo. El bullicio queda atrás y es sustituido por la quietud del claustro, por el aroma de la piedra antigua y por una paz que envuelve cada rincón. Allí encuentro a Sor Belén, la voz de oro del convento. Es la hermana que hace hablar al órgano conventual; de sus manos nacen melodías puras e infinitas y sonidos celestiales que llenan la iglesia con una belleza serena, como si cada nota fuera una oración elevada al cielo. Antes de abrazar la vida contemplativa estudia Magisterio Musical y ahora pone ese talento al servicio de la liturgia y de sus hermanas.
Es la monja gallega del convento: tranquila, amable, discreta y observadora, dotada de una amabilidad excepcional que se percibe desde el primer instante. Cuando toma asiento frente a mí, al otro lado del locutorio, su serenidad transmite la impresión de quien ha encontrado en Cristo el centro de toda su vida.
Desde muy pequeña pude reconocer la presencia de Dios en mí. Así fueron pasando los años y poco a poco descubrí que sólo Cristo saciaba mi sed de infinito, de un amor que no acaba.
¿Fue esa certeza la que la llevó a ingresar en la vida contemplativa?
Sí. Entré en el monasterio para seguirle a Él junto con mis hermanas, como clarisa, descubrir su voluntad para nosotras y seguirla como un solo cuerpo.
Lleva muchos años viviendo en clausura. ¿Cómo ha sido ese camino?
Desde el 12 de septiembre de 1999 he vivido en clausura, en el monasterio. Ha sido una vida de oración y trabajo junto con mis hermanas. Siempre han sido luz, ejemplo y apoyo para mí. Muchas veces me ayudaron a seguir a Cristo como yo buscaba hacerlo al abrazar esta vida.
Sin embargo, en un momento determinado comenzaron a surgir dudas.
Sí. Ya desde la pandemia empecé a ver cosas en la Iglesia que me parecían extrañas, que no cuadraban con la fe que había profesado.
¿Qué hechos despertaron esa inquietud?
Por ejemplo, que las iglesias estuvieran cerradas y la gente no tuviera acceso a los sacramentos. Pensaba en tantos santos que murieron por contagiarse durante epidemias porque permanecían acompañando a todos. Siempre eran los últimos en abandonar.
¿Aquello fue el inicio de un cuestionamiento más profundo?
Sí. La inquietud fue creciendo cuando oía decir que Cristo no resucitó verdaderamente, sino que la resurrección fue una experiencia espiritual de los apóstoles. O que todos los caminos llevan a Dios, que da igual ser musulmán, católico o budista.
¿Cómo reaccionó ante esas afirmaciones?
Para mí la respuesta era clara. No. Cristo dijo que Él es la Verdad, el Camino y la Vida.
¿Qué se preguntaba entonces?
Era una pregunta muy sencilla, pero cada vez más urgente: «¿Qué está pasando?»
Usted sitúa un momento decisivo en el año 2024.
Así es. Tuvimos la oportunidad de confrontar la doctrina católica de siglos con lo que ahora ocurría bajo la doctrina del Concilio Vaticano II.
¿Qué descubrió en esa confrontación?
Me di cuenta de que, en realidad, estaba viviendo en la herejía, en una gran mentira. Verlo escrito fue una evidencia para mí. Ya no podía negarlo. Sin ninguna duda, ese fue el punto de inflexión.
¿Cómo vivieron ese proceso las demás hermanas?
Gracias a Dios, esa es mi gran alegría. Todas estamos de acuerdo en esto. Cada una, siguiendo su camino, fue llegando a la misma conclusión, y eso nos permite seguir adelante.
Hoy se encuentra inmersa en un proceso penal. ¿Cómo interpreta esa situación?
Tengo la certeza de que ahora me veo acusada de múltiples delitos y envuelta en un proceso penal que conlleva cárcel y ruina económica.
¿A qué atribuye esa situación?
Nada más que por seguir a mi conciencia. Mi conciencia me dice que ésta es la fe que ha creído siempre la Iglesia Católica y que así cumplo con fidelidad lo que un día prometí.
Después de todo lo vivido, ¿qué permanece inalterable en usted?
La certeza de seguir a Cristo y de permanecer fiel a la fe que he creído y prometido vivir.
