Sor Berit

Sor Berit (Roser Mas Sellés) es la monja catalana del convento. Nació en Vic, provincia de Barcelona, en 1973, y creció en el seno de una familia numerosa y profundamente católica. Su infancia y juventud estuvieron marcadas por los estudios, el deporte, los campamentos, los cantos y las danzas tradicionales de su tierra natal, siempre acompañada de un fuerte sentido de unión familiar. Conserva, además, amistades nacidas en aquella etapa y vinculadas a los primeros pasos de su vocación religiosa.

Descubrió la llamada de Dios a los 19 años, durante una Adoración Nocturna al Santísimo. Siete meses después de aquella experiencia, ingresó como postulante en una congregación de vida activa, a la que perteneció durante veinticinco años.

Durante ese tiempo, ejerció como profesora de colegios concertados y privados en Primaria, impartiendo asignaturas de ciencias sociales, letras y matemáticas. Destacó por su dedicación a la formación de los jóvenes y fue muy apreciada tanto por sus alumnos como por sus compañeros.

En 2018, tras un prolongado proceso de discernimiento y por motivos personales relacionados también con su congregación, solicitó un año de ausencia para profundizar en aquello que Dios le pedía. Fue entonces cuando conoció providencialmente a las Hermanas Clarisas de Belorado. Tras pasar un tiempo en el monasterio, comprendió con claridad que Dios la llamaba a dejar la forma de vida religiosa que había llevado hasta entonces, para entregarse plenamente a Él al estilo de san Francisco y santa Clara, dentro de aquella comunidad concreta que sentía como un auténtico regalo de Dios. Tomó el hábito de la Orden en enero de 2020 y realizó su Profesión Solemne el 11 de agosto de 2023.

Sor Berit es una hermana trabajadora, generosa y siempre dispuesta a servir a la comunidad. Destaca por su gran capacidad de entrega, su energía y su constante disponibilidad para ayudar en todo lo necesario.

Carta a los obispos católicos

Mi Corazón Inmaculado, ¡triunfará!

A todos los Obispos Católicos esparcidos en Comunión por todo el orbe cristiano: Misericordia y Paz en Cristo Resucitado y Glorioso.

Hoy hace dos años que hicimos un Manifiesto Católico en el que comunicamos de forma solemne a toda la Santa Iglesia de Cristo y a toda la opinión pública, nuestra determinación firme de apartarnos totalmente de la actual jerarquía y de las instituciones eclesiales provenientes de la Nueva Iglesia Conciliar, que desde el 29 de junio de 1963, de un modo gravísimo, ha venido usurpando la Sede de Pedro en Roma, la que era la Verdadera Iglesia de Jesucristo.

Nos han preguntado de diversos lugares cual ha sido realmente nuestra evolución real, dado que se ha ido generando de manera intencionada una confusión y deformación de nuestra imagen pública que interpela a muchos.

Inmediatamente después del Manifiesto del día 13 de mayo, la reacción desde el “arzobispado” de Burgos fue iniciar una lucha mediática desde los medios de prensa a su alcance. Calumnias, medias verdades, burlas, ataques, difamaciones y odio, esa fue la dialogante y ecuménica respuesta desde la Diócesis de Burgos… Ese sólo fue el comienzo de una terrible campaña de desprestigio que al poco tiempo nos llegó desde prácticamente todos los medios de comunicación de España: las exmonjas, la cismáticas, las locas, las esperpénticas, han sido los calificativos más amables que desde la TVE y la prensa han querido meter en la cabeza de los españoles a machamartillo, orquestado ya no sólo por el Comisario Pontificio a la cabeza, sino también por la Conferencia Episcopal que lo ha ido inoculando por las venas intraeclesiales de sus Revistas, Radios y Periódicos Digitales sin tregua. Es claro que era necesario y urgente dirigir pronto la opinión de “los fieles” en contra de las exmonjas de Belorado, antes de que se hicieran preguntas.

Iceta se movió rápidamente para conseguir de Roma su cargo de Comisario con todos los poderes tanto religiosos como civiles para que no quedara nada, ni el rastro, de aquel levantamiento que reiteradamente tachaban de herético.

En cuanto Iceta tuvo en su mano los poderes totales, arrasó con todo, o sea, con todo. Nos quitó por las bravas las cuentas bancarias, el dinero en saldos, las pensiones de las 5 mayores. Se puso como representante legal de nuestras entidades religiosas con el parabien de los que firman, así mismo de nuestras empresas de chocolate con 25 años de recorrido; de nuestro Horno del convento de Orduña, y se quedó con los NIFs, se introdujo en las sedes electrónicas, -o mejor, su apoderado- cambiando los datos y poniendo los suyos… hasta hacerse con las claves digitales de empresa. Un trabajo para el que estaba bien adiestrado, o al menos eso parecía. Le costó poco menos de un mes dejarnos con una mano delante y otra detrás, mientras por medio de sus amigos de la prensa, se deshacía en buenas palabras sobre la paciencia, la misericordia, el diálogo, y lo que aún es más patético usando para ello la Palabra de Dios en su Evangelio. Del todo detestable. Su gente, muy bien adoctrinada, asentían como en el Circo Romano al espectáculo de desmembramiento de la Comunidad Religiosa.

Con aquellos omnímodos poderes, antes de 2 semanas, habían llamado al Tribunal Eclesiástico a las 10 monjas que ellos decidieron que era cismáticas y herejes, y de forma arbitraria y astutamente calculada, dejaron aparte a 5 hermanas de la comunidad, las más mayores. Urdieron la tramade que ellas no habían querido formar parte de esta decisión. Ya ahí empezó a trasmitir a los medios y por ende a la población, la idea torticera de que las 10 más jóvenes, las habíamos engañado, mentido y coaccionado. Mentir es fácil.

Como era evidente, no asistimos a la llamada del Tribunal Eclesiástico, dado que no reconocíamos ni su autoridad si su Código de Derecho Canónico… y sus presupuestos de fe, pues tanto en cuanto no estuvieran adulterados por la larga catequesis postconciliar.

Dicho y hecho, de un plumazo, todas excomulgadas, cismáticas y expulsadas de la vida religiosa. Proceso exprés. Ese día en la Curia de Burgos, se abrieron botellas para celebrarlo. Y nosotras pasamos así a formar parte la larga lista de santos y mártires excomulgados, sancionados y demonizados. En Burgos y cercanías les funcionó bien, cientos de personas dejaron de hablarnos, ayudarnos… si escupieron, no lo sabemos. Se decían amigos y nos dieron la espalda. Ahora a todos se les llenaba la boca con “las exmonjas” y otras lindezas.

Para no perder comba, pues había prisa por rematar el toro, se inició en septiembre, a la vuelta de vacaciones, 4 meses después, la demanda de desahucio del Monasterio de Belorado. La jueza se mostró muy ayudadora a la causa del Comisario, debe ser ferviente de la Iglesia Conciliar. Tan mal lo hizo todo, por tendenciosa, que hasta se le presentó una recusación en firme. Que también, curiosamente, se archivó.

El Restaurante del Chicu, en Asturias, lo abrimos en marzo de 2025 con ánimo de enviar dinero a la Comunidad, ya que estábamos sin poder trabajar en nada remunerado en los conventos, por el impedimento impuesto del Comisario, que nos controlaba y denunciaba tanto en prensa como con burofax, para que no pudiéramos trabajar. Es más, nos envió para ello una inspección de trabajo y nos quitó todas las cotizaciones que habíamos pagado a la Seguridad Social en los últimos 11 meses, justificándolo con que ya no éramos “religiosas de la iglesia católica” y no nos podíamos acoger al R.E.T.A un régimen especial para religiosos. La persecución arreciaba para deshacer la comunidad.

Se recrudeció con objeto de sacar del Monasterio de Belorado a las 5 mayores, monjas ancianas en cuidados de enfermería, entre 88 y 101 años con más de 60 años en el monasterio. Se ve que dejarlas vivir y morir en paz, no estaba en el programa de Iceta. Era claro que para que nos desahuciaran de Belorado convenía que no estuvieran ellas, para no evidenciar así la vulnerabilidad en el proceso judicial. Todo bien estudiado. 9 de las 10 monjas jóvenes fueron declaradas vulnerables por los servicios sociales de Burgos, pero la jueza de Briviesca decidió por su cuenta declarar que no, que no eran vulnerables. Así, sin más. Cada uno que vaya anotando.

La persecución arreció en los Tribunales, y se alargaron los plazos del desahucio con la ardua defensa de nuestros abogados. Aun así, declararon Sentencia de desahucio el 30 de julio de 2025.

La comunidad ya había sufrido algunas bajas, dos hermanas se habían marchado en agosto y octubre del año 2024. Una por miedo al Comisario -según manifestó públicamente-, otra no dijo nada, y se fugó. Ahora bien, lo que habló de Bergoglio y de Iceta, aún se escucha en las paredes,

¡qué odio expresaba desde hacía varios años! Fueron bien idas. Al enemigo puente de plata. Estos vientos cosechan tempestades… en el año 2026.

Ante la sentencia y el inminente lanzamiento de Belorado, y no queriendo que las hermanas enfermas sufrieran al ver cómo se desmantelaba su casa, cómo echaban a sus hermanas cuidadoras con las que estaban día y noche desde hacía tantos años, y eran parte de su alma, la comunidad delibera y determina en Capítulo conventual el traslado de la Comunidad al monasterio de Orduña, propiedad de la Comunidad. Con esta resolución interna, se preveía que quedaran 3 hermanas cuidando a las 5 mayores, de sol a sol, de lunes a domingo, los 30 días del mes.

Se calculaba que con las aportaciones del restaurante, y sobre todo con el dinero proveniente del centro de cría de perros, -abierto para ello en Mestas de Con-, se podrían sufragar las necesidades de la comunidad. Pero, como contrapeso, el agotamiento de la Comunidad separada en tres sedes, era creciente.

Éste monasterio de santa Clara de Orduña, había tenido diversas intervenciones de adecuación en años anteriores (2020-2023), colocando un ascensor para sillas de ruedas; también se había realizado -con ayuda de subvenciones del estado- un proyecto integral de ahorro energético que contemplaba: cambiar las cubiertas de todo el convento, aislando paredes, eliminando goteras, pintando los claustros, cambiando las luminarias a bajo consumo, colocando 72 placas fotovoltaicas para apoyo de la calefacción y agua caliente, haciendo baños geriátricos en alguna celda, arreglando los grifos y calentadores, etc. En fin, haciendo infinidad de mejoras, muy importantes, para dar vida a un monasterio del siglo XIV, construido por los franciscanos de la reforma montoyana en 1569 y posteriormente entregado a las monjas Clarisas en 1610. Allí estuvieron las clarisas hasta que en 2003 se marcharon a Vitoria por inadecuación del edificio y falta de vocaciones. En noviembre de 2020 llegábamos nosotras desde Derio, con todo por hacer. Y, en aquel momento, con gran gozo e ilusión, comenzamos la necesaria reforma.

Cuando se decide el traslado de la Comunidad al convento de Santa Clara de Orduña en 2025, este convento ya reunía condiciones más que suficientes para acoger a todas las hermanas, contando con las necesidades de las más dependientes y delicadas de salud. Esta decisión despierta la ira de la jueza de Briviesca y del Comisario, que envían hasta el País Vasco a agentes de seguridad para registrar el monasterio de Belorado y de Orduña. Ya entonces intentan sacar a las 5 ancianas por la fuerza. Lo intentan ese día 1 de agosto, pero las ancianas interrogadas por la Guardia Civil, dan testimonio claro de que quieren seguir en Orduña. Los efectivos de los cuerpos de seguridad vuelven el 27 de noviembre, con la excusa de custodiar el Patrimonio Histórico propiedad de la comunidad, acusando a dos hermanas de “delitos inexistentes”, según el decir de nuestro abogado, pero lo utilizan como coartada para registrar Belorado y Orduña, llevarse todo lo que encontraron de valor, sin causa alguna para ello, ósea de forma completamente ilegal. Este Patrimonio está ya en poder del Comisario Pontificio, no nos consta que haya llegado a los conventos de las clarisas que acogieron más tarde a las mayores. Llevan ese día detenidas a las dos hermanas acusadas injustamente y las meten al calabozo la noche del 27 al 28 en Burgos.

Sorprendentemente, supimos después que ya llevaban desde la mañana del 27 una orden de interrogar a las ancianas y llevárselas. A las 9 de la noche, interrogan a las mayores, que quedaron aterrorizadas por la aparición de los agentes y las monjas de la Federación de Clarisas de Nuestra Señora de Arantzazu que quisieron colaborar con este delito flagrante.

Estaba también desde la mañana el teniente coronel de la Comandancia Judicial de Burgos, con otro alto cargo de la Guardia Civil de Vizcaya, y ellos llevaron a cabo la dirección de la operación. Determinaron, ya de noche, volver otro día a por las mayores, pero ya amparados en la jurisdicción de un juez de Vizcaya, -ya que las dos veces anteriores lo habían hecho de modo irregular, desde la jurisdicción de Burgos. Así fue, a las 3 semanas volvieron a las 8:00 de la mañana, con más de 40 efectivos, con una jueza de Bilbao a la cabeza, una médico forense, la secretaria del juzgado, y de nuevo los agentes de la Comandancia Judicial de Burgos. Con ellos, venían 5 ambulancias con orden de conducir a las 5 ancianas al Hospital de Basurto. Las ancianas, interrogadas por 3 veces en menos de 5 meses, volvieron a manifestar claramente su voluntad de permanecer en Orduña con la comunidad a la que pertenecían, y esto mantenido, a pesar de la ansiedad, angustia y presión que vivieron por aquella situación tan dura. Se pasó por encima de su voluntad libre y reiteradamente expresada, y se las llevaron a la fuerza, sin contemplaciones, quedando éstas en estado de shock y pánico, ¡pobre monjas ancianas!

El resto de las hermanas de la comunidad quedamos detenidas a todos los efectos dentro de la iglesia del monasterio, hasta que se consumó la operación. Ya no hemos vuelto a ver ni a saber nada de nuestras hermanas queridas, ni ellas de nosotras. Incluso para evitar cualquier posible contacto se nos impuso una orden de alejamiento donde se incluyó a nuestros abogados y a las dos procuradoras. Inaudito. Queda así claramente al descubierto la falsedad de lo que desde las instancias de gobierno de esta terrible Iglesia Conciliar llaman: caridad, compasión, respeto y benevolencia. Ella es la que promovió desde bastidores todo ese entramado inhumano. Dios es Juez de vivos y muertos y dará sentencia justa. Todo ha quedado nítido y claro antes sus ojos y no lo olvidará.

En estado de total desolación y con el corazón desgarrado sin consuelo, tuvimos que resolver cerrar el restaurante que habíamos abierto en Arriondas en diciembre de 2025. Ya no era necesario este esfuerzo, y las hermanas no estaban bien separadas.

La orden de desahucio provisional del Monasterio de Belorado, al fin encontró su fecha definitiva el 12 de marzo de 2026. Unas fechas antes, saltó a la prensa la noticia de que las dos religiosas que habían salido en 2024 estaban “haciendo un camino de catequesis” para que se les levantara la excomunión. Parecía bonito, así dicho, pero había en toda la noticia un tufillo extraño. Como: “¡vaya, qué coincidencia!” Pronto supimos que ambas habían dado falso testimonio contra nosotras, en declaraciones ante la Guardia Civil de la Comandancia de Burgos para acusarnos de múltiples delitos. Más otras declaraciones, también falsas, ante la jueza de Bilbao que llevaba nuestro proceso de instrucción. Se ve que para volver a la “comunión” con la actual Iglesia de Roma, hace falta hacer méritos, como Judas, entregando a sus hermanas a los actuales soldados de Herodes. Sin duda, la historia se repite. Nos preguntamos si se sentirán tranquilas rezando el Kyrye y el Padrenuestro en algún banco en su “misa” dominical. Porque hay que cumplir con el precepto, aunque sea con hipocresía.

Actualmente: sin monjas, sin entidad religiosa, sin bienes, sin dinero, sin empresas, sin NIFs, sin amigos ni benefactores, sin prestigio social, sin conventos (los otros dos ya en proceso de desahucio), y con pleitos y pleitos y pleitos para años, las Monjas Clarisas de Belorado y Orduña mantienen integra y firme, con certeza moral interna, la afirmación consignada y debidamente desarrollada en el Manifiesto Católico dado a conocer día 13 de mayo de hace dos añosii y con segunda versióniii el mismo día del pasado año 2025. Volvemos a afirmar que la Sede de Pedro en Roma está actualmente usurpada y por lo tanto estamos en sede vacante.

Agradecemos a Monseñor Charles Murr que nos comparta su información privilegiada, sobre el Informe que Montini pidió al Cardenal Édouard Gagnon sobre la infiltración de los francmasones en la Curia de Romaiv. En sus libros nos relata cómo tras 12 años de trabajo incansable, el masón Sebastiano Baggio, su eminencia cardenal prefecto al frente de la Congregación para los Obispos desde 1973 a 1984, se empleó en jubilar a los 75 años a los Obispos existentes, propiciando un cambio rápido del episcopado mundial, y con sus nuevos candidatos dar una orientación “no católica” a todas la Diócesis y Nunciaturas del mundo.

Dice la Escritura: “si calláis vosotros, gritarán las piedras”- Lc 19. Se oyen ya nuevas voces en USA, Nueva Escociav, Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, sacerdotes, comunidades religiosas, laicos que están despertando a éste gran engaño… Llegará un día, y a no mucho tardar, que no se pueda ya sofocar con amenazas y excomuniones el clamor de los verdaderos católicos, que están repartidos por todo el mundo.

Pedimos hoy con esta carta, con humildad, a los Obispos Católicos que conservan la verdadera Sucesión Apostólica, que en la medida de sus posibilidades ayuden a nuestra comunidad a encontrar un lugar, un inmueble con finca, donde poder vivir con dignidad nuestra vida claustral, de recogimiento, oración y soledad, laboriosamente, como verdaderas hijas de san Francisco y santa Clara. Es lo que pedimos a la Iglesia de Cristo, sin olvidar su intercesión por nuestra comunidad para que no desfallezca en la prueba.

Estoy velando contigo, fuerza mía,
porque Tú, oh Dios, eres mi alcázar.
Que tu favor se adelante, oh Dios,
y me haga ver la derrota del enemigo.
Salmo 58

Firma: Comunidad de Clarisas de Belorado

María Ana Paz Rubín (Sor Belén)

Sor Belén es la monja gallega del convento. Tiene 52 años y nació en A Coruña; coruñesa por los cuatro costados.

Desde joven ha sentido una gran pasión por la música y estudió guitarra clásica en el Conservatorio de A Coruña. Procede además de una familia muy vinculada al baloncesto: su padre fue entrenador y ella siempre ha sido una gran aficionada a este deporte.

También estuvo muy ligada al movimiento scout, participando en numerosas marchas y acampadas. El contacto con la naturaleza ha sido siempre una de sus grandes aficiones.

Cursó Magisterio Musical en la Universidad de Santiago de Compostela. Con 21 años, en 1994, conoció a un grupo de universitarios de Madrid y Burgos y, gracias a ellos, tuvo su primer contacto con las clarisas de Lerma.

Finalmente, en 1999 ingresó en Belorado, con 26 años, convirtiéndose en la primera vocación que entraba en el convento después de más de treinta años. Desde entonces, ha sido testigo fiel de la evolución del convento y de la comunidad durante las últimas tres décadas.

El caso de las religiosas mayores centra la atención judicial

Las religiosas acudirán mañana, 9 de abril de 2026, al Juzgado de Instrucción número 5 de Bilbao para declarar en relación con el procedimiento judicial en el que se las investiga por un presunto delito de trato degradante a las mayores.

Las monjas jóvenes niegan haber causado daño alguno a las mayores y aseguran que siempre las cuidaron con esmero, proporcionándoles atención adecuada y trato cercano.

Además, declararán varios testigos llamados por el juzgado, entre ellos algunos propuestos por la defensa para respaldar su versión. En estas declaraciones estarán asistidas por una nueva abogada penalista de las Monjas de Belorado.

Las monjas lamentan el traslado de las cinco religiosas mayores, ya que, según afirman, advirtieron que el hecho de llevárselas podía afectar trágicamente a su salud. De hecho, una de ellas, sor Getsemaní, falleció 20 días después del traslado.

Subrayan que la longevidad de estas religiosas —de entre 89 y 101 años— constituye un indicio de que estaban bien cuidadas y gozaban de buena calidad de vida en el convento. Además, aseguran que ellas mismas manifestaron a la Guardia Civil su deseo de permanecer junto a las monjas más jóvenes.

Las monjas mayores mantenían horarios adecuados de atención, cuidado y descanso, con rutinas estables y seguimiento médico continuo. Denuncian también que no se les permitió acceder al Hospital de Basurto, donde intentaron visitarlas en al menos dos ocasiones y donde las monjas de la Federación de Clarisas les impidieron el acceso a las habitaciones en horarios de visita.

Las Monjas de Belorado finalmente tuvieron conocimiento del fallecimiento de sor Getsemaní de manera casual, a través de un artículo en Internet, hecho que les causó una profunda tristeza y consternación, ya que no fueron avisadas de su muerte ni invitadas al funeral, pese a acumular cerca de 40 años de convivencia con algunas de ellas.

El momento de la salida: apagado de luces y la última vela

Llegó el momento de marcharse. No como una huida, sino como un final escrito con solemnidad. El 12 de marzo de 2026 quedará fijado en la memoria como el día en que el Monasterio de Belorado dejó de ser hogar para quienes, hasta el último instante, lo habitaron con fe y silencio.

Durante los últimos 4 días he acompañado a las monjas encargadas de coordinar las tareas de mudanzas: Sor Isabel, Sor Berit, Sor Paloma y Sor Sión. Cuatro nombres que ahora sostienen el peso del final de una historia centenaria que se cierra. No ha habido dramatismo innecesario, ni gestos grandilocuentes. Solo una determinación serena, casi austera.

En el patio exterior aguarda —la «Javieta», una vieja furgoneta de segunda mano donada por los padres de una de las monjas. Es el vehículo que usa la comunidad, hoy será el encargado de ayudar a las monjas en el viaje a ninguna parte. La furgoneta es un símbolo discreto de apoyo en medio de la incertidumbre. Es vieja, usada pero muy útil, acompaña a las monjas a todas partes, esta vez para no volver. Funciona a medio gas, como si también ella acusara el cansancio de lo vivido.

El interior del monasterio ya no es el de siempre. Durante días enteros, las monjas han barrido, ordenado y dejado cada estancia en un estado de máxima limpieza. Ni rastro de polvo, ni de vida reciente, ni de conflicto. Sin embargo, todo el desorden —cajas de cartón, sábanas a medio doblar y zapatos desparejados— se acumula ya únicamente a los pies de la furgoneta, como si el monasterio hubiera expulsado de sí cualquier señal de mudanza. Es una escena extraña: el orden absoluto dentro, el caos contenido fuera. Una mudanza que nunca debería haberse producido, pero que ha sido ejecutada con la precisión silenciosa de quienes saben cerrar bien incluso aquello que no quieren abandonar.

Las religiosas cargan sus enseres en la furgoneta, dos grandes puertas abren el vehículo por atrás. Son como un ejército de hormigas, mantienen un ritmo y sincronía perfectas. Están cansadas pero tienen un fuerte sentido de la resistencia, necesario para cualquier mudanza.

—¿Está todo listo, madre? —le pregunto en voz baja, mientras observo cajas apiladas.

—Nunca está todo listo, Francisco —responde sin detenerse—. Pero siempre llega el momento de partir.

—¿Y no queda nada por hacer?

La abadesa se detiene y me mira con una serenidad difícil de sostener.

—Sí. Queda lo más importante: apagar la última vela, será el instante que marcará el final de la comunidad en el convento.

Acompaño a la abadesa hasta la Iglesia, el lugar donde se debe formalizar la temida desconexión. Pasamos por distintas estancias, todas en un estado de máxima pulcritud. Mi misión es inmortalizar el momento, se trata de la última imagen que saldrá del interior del convento de Belorado: un instante difícil de olvidar.

Son las 2:30h de la madrugada, una hora en la que la noche es más noche y todo parece detenerse. Un silencio sepulcral se adueña de todo. Como si el aire mismo se detuviera para no interferir. Afuera, la noche es fría, limpia y repleta de estrellas, con esa quietud casi irreal. Estamos en la Iglesia. No se oye nada, ni un coche, ni un paso, ni una voz. Solo ese silencio absoluto que lo envuelve todo. Cuando se apague esta luz todo habrá cambiado. En el patio exterior la furgoneta espera con el motor arrancado y dos monjas dentro esperando la llegada de la abadesa para partir.

En un acto cargado de simbolismo, la abadesa anda hacia el altar, lo hace pausadamente, con seguridad. La sigo con la mirada. El gesto es pausado y consciente. Sube los 5 escalones y sopla la última vela que permanece encendida. Al apagar la vela, el silencio se vuelve aún más denso. A continuación, se gira y baja los peldaños en sentido descendente.

La abadesa avanza despacio junto al muro, allí hay un cuadro eléctrico, repleto de interruptores, con un gesto preciso y tranquilo apaga el primer interruptor. El clic seco rompe el silencio y la Iglesia queda envuelta en una penumbra suave y contenida. Acciona otro interruptor con la misma serenidad firme que la acompaña. La iglesia empieza a oscurecerse mientras las sombras ascienden y cubren poco a poco el altar. Cada luz que se apaga borra sus últimos signos de vida. Otro clic resuena en los pasillos, que pierden su claridad y se sumergen en una oscuridad creciente.

La luz deja de sostener la vida cotidiana en cada rincón y cede su lugar a un silencio más profundo.
La penumbra avanza sin prisa, ocupándolo todo con una solemnidad que impone respeto.
La abadesa no se detiene y continúa bajando los interruptores.

—Es curioso —murmura—. Tantos años encendiendo luces… y ahora toca apagarlas.

Click.
Otro interruptor.

—¿El qué?

Click.

—Que hemos hecho lo que debíamos.

El último clic deja el convento completamente a oscuras, sin rastro de luz ni de movimiento. La luz desaparece y solo queda el silencio, denso y definitivo, envolviéndolo todo. Es la hora de dirigirse a la furgoneta, la hora de marcharse.

Faltan apenas siete horas para el desahucio. Es alta madrugada, el mundo duerme, y en la puerta no hay periodistas, ni cámaras, ni presencia alguna que perturbe lo que está a punto de ocurrir. Es el momento. El único posible para salir sin ruido, sin confrontación, con la dignidad intacta.

En el patio exterior están el resto de monjas y sus dos abogados. Nadie habla. Solo el leve sonido de las llaves, el roce de una puerta al abrirse, la respiración contenida de quienes sabemos que las monjas van a atravesar un umbral.

La abadesa avanza un paso, mira hacia la salida y, con una serenidad firme, dice:

—Nos vamos.

No hay temblor en su voz. Solo decisión. Un gesto de seguridad y madurez que no deja espacio para la duda. Sor Isabel sube a la furgoneta junto a Sor Berit y Sor Paloma. El motor responde con un sonido irregular, casi frágil.

El portón se abre y sale una furgoneta con las monjas dentro. De esta manera, las monjas se marchan de una forma digna, sin enfrentamientos ni finales apoteósicos. Han evitado el cara a cara con la prensa, con el arzobispo o con la Guardia Civil. Asisto a un final conventual, envolvente, profundamente religioso e intimista.

—Quedará todo, madre, todo vuestro legado espiritual —le respondo—. Solo que ya no se verá.

Esboza una leve sonrisa, casi imperceptible.

—Entonces es suficiente.

—Ahí fuera no será fácil.

—Aquí tampoco lo fue —responde con calma—. Pero era nuestro lugar. Ahora nos toca encontrar el siguiente.

—¿Y si no lo encuentran?

Se detiene un instante, con la mano en la puerta.

—Entonces lo construiremos.

—Y la furgoneta ¿Funcionará? —pregunto, medio en broma.

Desde la ventanilla, la abadesa me mira por última vez.

—Como nosotras, Francisco: lo justo para seguir adelante.

No hay más palabras. Solo una salida solemne, a la altura de las grandes comunidades religiosas.

Se marchan discretamente, como han vivido: sin ruido, sin aspavientos, con una dignidad que no necesita ser proclamada. Amparadas por la intimidad de una noche envolvente, las monjas rebeldes avanzan en su furgoneta, como figuras místicas y silenciosas.

Unos minutos más tarde, a las 3:16h am se envía el comunicado a todos los medios: se comunica que, en el día de hoy, a las 02:46h, las Monjas de Belorado han abandonado el Monasterio para emprender camino hacia un nuevo proyecto.

El desahucio está previsto para las 9:30 de la mañana. Pero cuando llegue esa hora, el monasterio ya no contendrá vida. Solo muros, historia y el eco reciente de una decisión.

Así se pone fin a una etapa de presencia histórica en el Monasterio de Belorado. Y, al mismo tiempo, comienza otra. Incierta, difícil, pero propia.

Llegó el momento de marcharse. No como una huida, sino como un final escrito con solemnidad. El 12 de marzo de 2026 quedará fijado en la memoria como el día en que el Monasterio de Belorado dejó de ser hogar para quienes, hasta el último instante, lo habitaron con fe y silencio.

Durante los últimos cuatro días he acompañado a las monjas encargadas de coordinar la mudanza: sor Isabel, sor Berit, sor Paloma y sor Sión. Cuatro nombres que sostienen ahora el peso del final de una historia centenaria. No ha habido dramatismo innecesario ni gestos grandilocuentes. Solo una determinación serena, casi austera.

El interior del monasterio ya no es el de siempre. Durante días enteros, las monjas han barrido, ordenado y dejado cada estancia en un estado de máxima limpieza. Ni rastro de polvo, ni de vida reciente, ni de conflicto. Todo el desorden —cajas de cartón, sábanas a medio doblar, zapatos desparejados— se acumula ahora a los pies de la furgoneta, como si el monasterio hubiera expulsado cualquier señal de mudanza. Orden absoluto dentro; caos contenido fuera.

En el patio exterior aguarda la «Javieta», una vieja furgoneta de segunda mano donada por los padres de una de las monjas. Es el vehículo de la comunidad y hoy será el encargado de acompañarlas en su partida. Funciona a medio gas, como si también acusara el cansancio de lo vivido. Vieja, usada, pero imprescindible: un símbolo discreto de apoyo en medio de la incertidumbre.

Las religiosas cargan sus enseres con una sincronía casi perfecta. Parecen un ejército de hormigas: ritmo constante, precisión silenciosa. Están cansadas, pero persiste en ellas una firme resistencia.

—¿Está todo listo, madre? —pregunto en voz baja.

—Nunca está todo listo, Francisco —responde sin detenerse—, pero siempre llega el momento de partir.

—¿Y no queda nada por hacer?

La abadesa se detiene y me mira con una serenidad difícil de sostener.

—Sí. Queda lo más importante: apagar la última vela. Ese será el instante que marque el final de la comunidad en el convento.

La acompaño hasta la iglesia, donde debe formalizarse la despedida. Pasamos por estancias impecables. Mi misión es inmortalizar el momento: la última imagen que saldrá del interior del monasterio.

Antes de subir al altar, se vuelve hacia mí.

—Francisco, voy a apagar la última vela.

Son las 2:30 de la madrugada. La noche parece más profunda a esa hora, como si todo se detuviera. El silencio es absoluto. Afuera, el cielo está limpio y lleno de estrellas. Dentro, no se oye nada: ni pasos, ni voces, ni coches. Solo quietud.

La abadesa avanza hacia el altar con paso pausado. Sube los cinco escalones y sopla la última vela encendida.

El gesto es lento, consciente.

Luego se gira y desciende. Se dirige al cuadro eléctrico, una superficie llena de interruptores.

Acciona el primero.

Clic.

La iglesia queda envuelta en una penumbra suave.

Pulsa otro.

Clic.

Las sombras comienzan a ascender por las paredes, cubriendo el altar.

Cada interruptor apaga un fragmento de vida. Cada clic borra un rastro de lo que fue.

La penumbra avanza sin prisa, con solemnidad.

—Es curioso —murmura—. Tantos años encendiendo luces… y ahora toca apagarlas.

Clic.

—¿El qué?

Clic.

—Que hemos hecho lo que debíamos.

El último interruptor deja el monasterio completamente a oscuras. La luz desaparece. Solo queda el silencio, denso y definitivo.

Faltan apenas siete horas para el desahucio. Es alta madrugada. No hay periodistas ni cámaras. Es el único momento posible para salir sin ruido, sin confrontación.

En el patio estamos la abadesa, sor Berit, sor Paloma, yo y sus dos abogados. Nadie habla.

La abadesa da un paso al frente, mira hacia la salida y dice:

—Nos vamos.

No hay temblor en su voz. Solo decisión.

—Quedará todo, madre. Todo vuestro legado espiritual —le digo—. Aunque ya no se vea.

Esboza una leve sonrisa.

—Entonces es suficiente.

Se dirigen hacia la furgoneta. Antes de salir, me acerco una última vez.

—Madre, ahí fuera no será fácil.

—Aquí tampoco lo fue —responde con calma—. Pero era nuestro lugar. Ahora nos toca encontrar el siguiente.

—¿Y si no lo encuentran?

Se detiene, con la mano en la puerta.

—Entonces lo construiremos.

Poco después, veo cómo sor Isabel sube a la furgoneta junto a sor Berit y sor Paloma. El motor arranca con un sonido irregular.

—¿Funcionará? —pregunto, medio en broma.

Desde la ventanilla, la abadesa me mira por última vez.

—Como nosotras, Francisco: lo justo para seguir adelante.

No hay más palabras.

Se marchan discretamente, como han vivido: sin ruido, sin aspavientos, con una dignidad que no necesita proclamarse. La furgoneta se aleja en la noche, llevando consigo algo más que pertenencias: una historia entera.

El desahucio está previsto para las 9:30 de la mañana. Pero cuando llegue esa hora, el monasterio ya no contendrá vida. Solo muros, historia y el eco reciente de una decisión.

Así se cierra una etapa en el Monasterio de Belorado. Y, al mismo tiempo, comienza otra: incierta, difícil, pero propia.

Porque si algo queda claro en esta madrugada es que la luz no se extingue: se traslada.

La luz se ha apagado en Belorado, pero otra acaba de encenderse.

Bienvenido a la historia de las Monjas de Belorado!

Hay historias que nacen en el silencio de los claustros y acaban resonando más allá de sus muros. La de las llamadas “monjas rebeldes” de Belorado es una de ellas. Este es un blog y espacio del periodista español Francisco Canals, nace con un propósito claro: documentar, con rigor periodístico y sin concesiones, toda la historia de este singular episodio que ha sacudido a la Iglesia y ha despertado un intenso debate social.

La finalidad de esta página no es juzgar, sino reconstruir. Aquí se recogerán las distintas etapas de un conflicto que ha atravesado dimensiones espirituales, jurídicas, humanas y mediáticas. Desde los primeros indicios de discrepancia doctrinal hasta los momentos de mayor tensión institucional, pasando por los comunicados, las decisiones internas, las reacciones oficiales y el impacto en la comunidad local.