Las monjas mayores de Belorado

Las protagonistas silenciosas de la historia

Las monjas mayores de Belorado se han convertido en uno de los focos del conflicto. Se trata de cinco religiosas, con edades comprendidas entre los 87 y los 101 años. Son las veteranas del convento, desempeñaron un papel clave en la formación de las más jóvenes: les enseñaron a vivir como clarisas y les transmitieron sus normas, modo de vida y costumbres.

El arzobispo planteó dudas sobre la implicación de estas religiosas en la ruptura con la Iglesia. Defendió que se negaron a participar en el cisma y, por ello, no fueron excomulgadas, continuando vinculadas canónicamente a la comunidad. Esto las convirtió en “la llave” para el control de la comunidad, que quedó dividida en dos bloques: las monjas excomulgadas y las no excomulgadas. Según la autoridad eclesiástica, se mantuvieron fieles a la Iglesia, lo que dio lugar a una disputa legal sobre su situación.

En contraste, las ocho monjas jóvenes —de entre 32 y 58 años— han acusado a la Iglesia de convertir a las mayores en instrumentos legales para el control de los inmuebles al no aplicarles la excomunión.  Ellas sostienen que si apoyaron el manifiesto católico. Su avanzada edad y estado de salud han añadido un debate sobre su cuidado y quién debe asumir su atención siendo objeto de constante reproche entre ambas partes.

La comunidad asegura que mantienen sus facultades intactas, ellas no quieren abandonar el monasterio y desean permanecer allí junto a las más jóvenes.

A lo largo de toda la historia, estas cinco ancianas han protagonizado intentos de traslado, desacuerdos con familiares, intervenciones judiciales y operativos de la Guardia Civil.

¿Qué origen tienen las mayores?

En su mayoría proceden del monasterio de Lerma, un convento ubicado en la misma zona. Llegaron para reflotar Belorado en 2004 junto con sor Isabel, la actual abadesa, lo que explica el salto generacional de edad.

¿Quiénes son?

Sor Pureza (María Victoria Lubián Antolín), de 88 años, es profundamente carismática. Fue uno de los pilares de Belorado y de la propia federación. Llegó desde Lerma y llegó a ser abadesa de Belorado. Su vida ha estado guiada por la caridad activa: acompañar, aconsejar y sostener. Muchas han encontrado en ella no solo una guía, sino un auténtico corazón de madre.

Sor Getsemaní (Emilia Pardo Martínez), de 89 años y burgalesa, representa la serenidad del pensamiento profundo. Prudente, amante del silencio y del diálogo, ha cultivado una sabiduría que se expresa sin estridencias. Su vocación de maestra atraviesa su manera de estar en el mundo: observa, escucha y ofrece siempre una palabra medida. Capaz de abrazar lo antiguo y lo nuevo, su presencia aporta equilibrio y discernimiento.

Sor Adoración (María Teresa Artáraz), de 101 años y nacida en Bizkaia, encarna la resistencia y la fidelidad llevadas al extremo. Procedente de la comunidad de Derio, su carácter férreo y su voluntad indomable la han sostenido a lo largo de una vida marcada por la superación personal. Ha sabido enfrentarse a sus límites, convirtiéndose en un ejemplo de lucha interior para las hermanas más jóvenes.

Sor Pilar (Pilar de la Torre de Juana), de 86 años y madrileña, aporta una historia singular dentro del monasterio. Viuda antes de abrazar la vida religiosa, su recorrido vital ha sido largo y diverso. De carácter firme, ha sabido integrar su experiencia del mundo en la vida comunitaria. Su labor como maestra, especialmente con niños y personas con discapacidad, ha dejado una impronta de sensibilidad y humanidad.

Sor Lucía (Juliana Ortiz Busto), de 93 años y burgalesa, permanece como una de las figuras más queridas y recordadas. De convicciones sólidas y gran capacidad social, ha sido durante décadas un referente afectivo para quienes han pasado por el monasterio. Su talento en la cocina y la repostería forma parte ya de la memoria colectiva del lugar, aunque sus recetas, celosamente guardadas, desaparecerán con ella.

Así, entre edades que en algunos casos superan el siglo de vida, estas mujeres han tejido una historia compartida en la que la fe, la entrega y la perseverancia han dejado una huella imborrable.