Una comunidad y tres monasterios

Belorado, Derio y Orduña: origen, expansión, crisis económica y conflicto judicial

El conflicto de las monjas de Belorado no se entiende sin analizar el llamado “triángulo conventual” que forman sus tres monasterios: el histórico convento burgalés donde nace la comunidad, la expansión hacia Vizcaya para salvar otro cenobio en decadencia y, finalmente, la arriesgada apuesta por un tercer edificio que terminó desencadenando un problema financiero y judicial.

El monasterio de origen: Belorado

El Monasterio de Santa Clara de Belorado, también conocido como Nuestra Señora de Bretonera, es el corazón histórico y espiritual de la comunidad. Fundado en 1358 y refundado en 1460 por el Conde de Haro, el edificio ha sobrevivido a guerras, expolios y reconstrucciones, incluida la devastación sufrida durante la Guerra de la Independencia.

Ubicado a 60 kilómetros de Burgos y a escasos metros del centro del municipio, el complejo cuenta con 3.500 metros cuadrados construidos, 8.000 de terreno, 25 celdas, iglesia, refectorio y dependencias propias de la vida contemplativa. Es el “convento nodriza”, donde se concentra la mayor parte de la vida comunitaria y donde las monjas pasan la mayor parte del tiempo.

2011: El inicio de Derio: Llamada SOS entre monasterios

En 2011, el entonces obispo de Bilbao, Mario Iceta, pidió ayuda a la comunidad de Belorado. En Vizcaya se estaban cerrando numerosos monasterios y el de Derio, construido en 1971 y situado a apenas dos kilómetros de Bilbao, estaba al borde de la desaparición: pocas monjas y todas de edad avanzada.

La respuesta fue inmediata. Varias religiosas de Belorado se trasladaron a Derio para revitalizar la comunidad. Desde entonces, la congregación quedó dividida entre dos sedes, aunque funcionaba como una sola gracias a reuniones capitulares por videoconferencia —algo pionero en aquel momento— y a la presencia alterna de la abadesa.

Obras, turismo religioso y críticas

Entre 2011 y 2018 se acometieron importantes reformas en Derio, financiadas en parte con ingresos del obrador de Belorado. Se restauró la iglesia y se impulsó una hospedería religiosa.

En un primer momento solo se aceptaban donativos, pero el sistema resultó insuficiente. Posteriormente se obtuvo licencia turística, se establecieron tarifas oficiales y se profesionalizó la gestión con plataformas de reservas. La hospedería y la casa rural comenzaron a recibir visitantes nacionales e internacionales. Fue todo un éxito, las religiosas se perfilaban como grandes monjas emprendedoras.

El proyecto, sin embargo, no estuvo exento de críticas. Algunos sectores acusaron a las religiosas de actuar como “monjas turísticas”, mientras el obispado seguía de cerca la evolución de las obras.

Problemas urbanísticos y golpe de la pandemia

El enclave de Derio presentaba dificultades urbanísticas derivadas de recalificaciones anteriores. El Ayuntamiento ordenó el cese de actividad de la casa rural. Las monjas intentaron reconvertirla en vivienda vacacional de larga estancia, con menor rentabilidad.

La llegada del COVID-19 terminó por paralizar completamente la actividad turística. Con la pandemia, aquella etapa quedó prácticamente clausurada.

El deseo de abandonar Derio

Paralelamente, la comunidad manifestó haber vivido en Derio experiencias que describieron como fenómenos preternaturales, especialmente intensos entre 2011 y 2016. Aquellas vivencias, unidas a las dificultades económicas y administrativas, reforzaron la idea de vender el monasterio.

Cuando las de Belorado llegan a Derio en 2011 se encuentran una comunidad muy deteriorada. Monjas mayores con numerosas patologías, un ambiente tenso y repleto de problemas. Pronto se dan cuenta que el lugar es escenario de presencias demoníacas, risas y llantos nocturnos, manos heladoras, objetos que se mueven solos. Estos hechos aterrorizan a la comunidad hasta convertir a ese sitio en un espacio inhabitable.

Sin embargo, la operación de venta de Derio fue paralizada desde Roma. Esa decisión sería determinante en los acontecimientos posteriores ya que aumento la tensión entre las monjas y la Iglesia conciliar.

2020: La apuesta por Orduña

En octubre de 2020, las religiosas visitaron el Monasterio de Santa Clara de Orduña, cerrado desde hacía 18 años. El edificio, de aspecto imponente y casi fortificado, les impresionó profundamente.

El contrato de compraventa con las Clarisas de Vitoria se cerró en 1,2 millones de euros: 100.000 euros iniciales y pagos semestrales de 75.000 euros, con dos años de moratoria. El plan era claro: vender Derio para financiar Orduña.

Pero el monasterio de Orduña presentaba graves deficiencias: más de 50 goteras, un tejado de más de 1.000 metros cuadrados en mal estado, problemas eléctricos y condiciones de habitabilidad precarias. A pesar de ello, comenzaron las obras, especialmente en la cubierta.

La venta bloqueada y el conflicto judicial

La paralización de la venta de Derio dejó a la comunidad sin liquidez para afrontar los pagos pactados. Las Clarisas de Vitoria iniciaron acciones legales para rescindir el contrato e intentar recuperar Orduña. Un proceso de conciliación no prosperó y el caso terminó en los tribunales.

Ante la falta de fondos, Derio fue hipotecado por 720.000 euros para financiar las reformas del tejado de Orduña. La cuota mensual asciende a 5.500 euros.

Una comunidad endeudada y un conflicto abierto

El resultado es una situación compleja: Orduña parcialmente reformado, Derio hipotecado, pagos pendientes y un litigio en curso. La operación diseñada para cerrar una etapa y comenzar otra terminó generando un escenario de fuerte tensión económica y jurídica.

La historia de este triángulo conventual —Belorado, Derio y Orduña— es la crónica de una expansión solidaria que derivó en crisis financiera, bloqueo institucional y conflicto judicial aún sin resolver.