El caso de las religiosas mayores centra la atención judicial

Las religiosas acudirán mañana, 9 de abril de 2026, al Juzgado de Instrucción número 5 de Bilbao para declarar en relación con el procedimiento judicial en el que se las investiga por un presunto delito de trato degradante a las mayores.

Las monjas jóvenes niegan haber causado daño alguno a las mayores y aseguran que siempre las cuidaron con esmero, proporcionándoles atención adecuada y trato cercano.

Además, declararán varios testigos llamados por el juzgado, entre ellos algunos propuestos por la defensa para respaldar su versión. En estas declaraciones estarán asistidas por una nueva abogada penalista de las Monjas de Belorado.

Las monjas lamentan el traslado de las cinco religiosas mayores, ya que, según afirman, advirtieron que el hecho de llevárselas podía afectar trágicamente a su salud. De hecho, una de ellas, sor Getsemaní, falleció 20 días después del traslado.

Subrayan que la longevidad de estas religiosas —de entre 89 y 101 años— constituye un indicio de que estaban bien cuidadas y gozaban de buena calidad de vida en el convento. Además, aseguran que ellas mismas manifestaron a la Guardia Civil su deseo de permanecer junto a las monjas más jóvenes.

Las monjas mayores mantenían horarios adecuados de atención, cuidado y descanso, con rutinas estables y seguimiento médico continuo. Denuncian también que no se les permitió acceder al Hospital de Basurto, donde intentaron visitarlas en al menos dos ocasiones y donde las monjas de la Federación de Clarisas les impidieron el acceso a las habitaciones en horarios de visita.

Las Monjas de Belorado finalmente tuvieron conocimiento del fallecimiento de sor Getsemaní de manera casual, a través de un artículo en Internet, hecho que les causó una profunda tristeza y consternación, ya que no fueron avisadas de su muerte ni invitadas al funeral, pese a acumular cerca de 40 años de convivencia con algunas de ellas.

Las monjas mayores de Belorado

Las protagonistas silenciosas de la historia

Las monjas mayores de Belorado se han convertido en uno de los focos del conflicto. Se trata de cinco religiosas, con edades comprendidas entre los 87 y los 101 años. Son las veteranas del convento, desempeñaron un papel clave en la formación de las más jóvenes: les enseñaron a vivir como clarisas y les transmitieron sus normas, modo de vida y costumbres.

El arzobispo planteó dudas sobre la implicación de estas religiosas en la ruptura con la Iglesia. Defendió que se negaron a participar en el cisma y, por ello, no fueron excomulgadas, continuando vinculadas canónicamente a la comunidad. Esto las convirtió en “la llave” para el control de la comunidad, que quedó dividida en dos bloques: las monjas excomulgadas y las no excomulgadas. Según la autoridad eclesiástica, se mantuvieron fieles a la Iglesia, lo que dio lugar a una disputa legal sobre su situación.

En contraste, las ocho monjas jóvenes —de entre 32 y 58 años— han acusado a la Iglesia de convertir a las mayores en instrumentos legales para el control de los inmuebles al no aplicarles la excomunión.  Ellas sostienen que si apoyaron el manifiesto católico. Su avanzada edad y estado de salud han añadido un debate sobre su cuidado y quién debe asumir su atención siendo objeto de constante reproche entre ambas partes.

La comunidad asegura que mantienen sus facultades intactas, ellas no quieren abandonar el monasterio y desean permanecer allí junto a las más jóvenes.

A lo largo de toda la historia, estas cinco ancianas han protagonizado intentos de traslado, desacuerdos con familiares, intervenciones judiciales y operativos de la Guardia Civil.

¿Qué origen tienen las mayores?

En su mayoría proceden del monasterio de Lerma, un convento ubicado en la misma zona. Llegaron para reflotar Belorado en 2004 junto con sor Isabel, la actual abadesa, lo que explica el salto generacional de edad.

¿Quiénes son?

Sor Pureza (María Victoria Lubián Antolín), de 88 años, es profundamente carismática. Fue uno de los pilares de Belorado y de la propia federación. Llegó desde Lerma y llegó a ser abadesa de Belorado. Su vida ha estado guiada por la caridad activa: acompañar, aconsejar y sostener. Muchas han encontrado en ella no solo una guía, sino un auténtico corazón de madre.

Sor Getsemaní (Emilia Pardo Martínez), de 89 años y burgalesa, representa la serenidad del pensamiento profundo. Prudente, amante del silencio y del diálogo, ha cultivado una sabiduría que se expresa sin estridencias. Su vocación de maestra atraviesa su manera de estar en el mundo: observa, escucha y ofrece siempre una palabra medida. Capaz de abrazar lo antiguo y lo nuevo, su presencia aporta equilibrio y discernimiento.

Sor Adoración (María Teresa Artáraz), de 101 años y nacida en Bizkaia, encarna la resistencia y la fidelidad llevadas al extremo. Procedente de la comunidad de Derio, su carácter férreo y su voluntad indomable la han sostenido a lo largo de una vida marcada por la superación personal. Ha sabido enfrentarse a sus límites, convirtiéndose en un ejemplo de lucha interior para las hermanas más jóvenes.

Sor Pilar (Pilar de la Torre de Juana), de 86 años y madrileña, aporta una historia singular dentro del monasterio. Viuda antes de abrazar la vida religiosa, su recorrido vital ha sido largo y diverso. De carácter firme, ha sabido integrar su experiencia del mundo en la vida comunitaria. Su labor como maestra, especialmente con niños y personas con discapacidad, ha dejado una impronta de sensibilidad y humanidad.

Sor Lucía (Juliana Ortiz Busto), de 93 años y burgalesa, permanece como una de las figuras más queridas y recordadas. De convicciones sólidas y gran capacidad social, ha sido durante décadas un referente afectivo para quienes han pasado por el monasterio. Su talento en la cocina y la repostería forma parte ya de la memoria colectiva del lugar, aunque sus recetas, celosamente guardadas, desaparecerán con ella.

Así, entre edades que en algunos casos superan el siglo de vida, estas mujeres han tejido una historia compartida en la que la fe, la entrega y la perseverancia han dejado una huella imborrable.

El momento de la salida: apagado de luces y la última vela

Llegó el momento de marcharse. No como una huida, sino como un final escrito con solemnidad. El 12 de marzo de 2026 quedará fijado en la memoria como el día en que el Monasterio de Belorado dejó de ser hogar para quienes, hasta el último instante, lo habitaron con fe y silencio.

Durante los últimos 4 días he acompañado a las monjas encargadas de coordinar las tareas de mudanzas: Sor Isabel, Sor Berit, Sor Paloma y Sor Sión. Cuatro nombres que ahora sostienen el peso del final de una historia centenaria que se cierra. No ha habido dramatismo innecesario, ni gestos grandilocuentes. Solo una determinación serena, casi austera.

En el patio exterior aguarda —la «Javieta», una vieja furgoneta de segunda mano donada por los padres de una de las monjas. Es el vehículo que usa la comunidad, hoy será el encargado de ayudar a las monjas en el viaje a ninguna parte. La furgoneta es un símbolo discreto de apoyo en medio de la incertidumbre. Es vieja, usada pero muy útil, acompaña a las monjas a todas partes, esta vez para no volver. Funciona a medio gas, como si también ella acusara el cansancio de lo vivido.

El interior del monasterio ya no es el de siempre. Durante días enteros, las monjas han barrido, ordenado y dejado cada estancia en un estado de máxima limpieza. Ni rastro de polvo, ni de vida reciente, ni de conflicto. Sin embargo, todo el desorden —cajas de cartón, sábanas a medio doblar y zapatos desparejados— se acumula ya únicamente a los pies de la furgoneta, como si el monasterio hubiera expulsado de sí cualquier señal de mudanza. Es una escena extraña: el orden absoluto dentro, el caos contenido fuera. Una mudanza que nunca debería haberse producido, pero que ha sido ejecutada con la precisión silenciosa de quienes saben cerrar bien incluso aquello que no quieren abandonar.

Las religiosas cargan sus enseres en la furgoneta, dos grandes puertas abren el vehículo por atrás. Son como un ejército de hormigas, mantienen un ritmo y sincronía perfectas. Están cansadas pero tienen un fuerte sentido de la resistencia, necesario para cualquier mudanza.

—¿Está todo listo, madre? —le pregunto en voz baja, mientras observo cajas apiladas.

—Nunca está todo listo, Francisco —responde sin detenerse—. Pero siempre llega el momento de partir.

—¿Y no queda nada por hacer?

La abadesa se detiene y me mira con una serenidad difícil de sostener.

—Sí. Queda lo más importante: apagar la última vela, será el instante que marcará el final de la comunidad en el convento.

Acompaño a la abadesa hasta la Iglesia, el lugar donde se debe formalizar la temida desconexión. Pasamos por distintas estancias, todas en un estado de máxima pulcritud. Mi misión es inmortalizar el momento, se trata de la última imagen que saldrá del interior del convento de Belorado: un instante difícil de olvidar.

Son las 2:30h de la madrugada, una hora en la que la noche es más noche y todo parece detenerse. Un silencio sepulcral se adueña de todo. Como si el aire mismo se detuviera para no interferir. Afuera, la noche es fría, limpia y repleta de estrellas, con esa quietud casi irreal. Estamos en la Iglesia. No se oye nada, ni un coche, ni un paso, ni una voz. Solo ese silencio absoluto que lo envuelve todo. Cuando se apague esta luz todo habrá cambiado. En el patio exterior la furgoneta espera con el motor arrancado y dos monjas dentro esperando la llegada de la abadesa para partir.

En un acto cargado de simbolismo, la abadesa anda hacia el altar, lo hace pausadamente, con seguridad. La sigo con la mirada. El gesto es pausado y consciente. Sube los 5 escalones y sopla la última vela que permanece encendida. Al apagar la vela, el silencio se vuelve aún más denso. A continuación, se gira y baja los peldaños en sentido descendente.

La abadesa avanza despacio junto al muro, allí hay un cuadro eléctrico, repleto de interruptores, con un gesto preciso y tranquilo apaga el primer interruptor. El clic seco rompe el silencio y la Iglesia queda envuelta en una penumbra suave y contenida. Acciona otro interruptor con la misma serenidad firme que la acompaña. La iglesia empieza a oscurecerse mientras las sombras ascienden y cubren poco a poco el altar. Cada luz que se apaga borra sus últimos signos de vida. Otro clic resuena en los pasillos, que pierden su claridad y se sumergen en una oscuridad creciente.

La luz deja de sostener la vida cotidiana en cada rincón y cede su lugar a un silencio más profundo.
La penumbra avanza sin prisa, ocupándolo todo con una solemnidad que impone respeto.
La abadesa no se detiene y continúa bajando los interruptores.

—Es curioso —murmura—. Tantos años encendiendo luces… y ahora toca apagarlas.

Click.
Otro interruptor.

—¿El qué?

Click.

—Que hemos hecho lo que debíamos.

El último clic deja el convento completamente a oscuras, sin rastro de luz ni de movimiento. La luz desaparece y solo queda el silencio, denso y definitivo, envolviéndolo todo. Es la hora de dirigirse a la furgoneta, la hora de marcharse.

Faltan apenas siete horas para el desahucio. Es alta madrugada, el mundo duerme, y en la puerta no hay periodistas, ni cámaras, ni presencia alguna que perturbe lo que está a punto de ocurrir. Es el momento. El único posible para salir sin ruido, sin confrontación, con la dignidad intacta.

En el patio exterior están el resto de monjas y sus dos abogados. Nadie habla. Solo el leve sonido de las llaves, el roce de una puerta al abrirse, la respiración contenida de quienes sabemos que las monjas van a atravesar un umbral.

La abadesa avanza un paso, mira hacia la salida y, con una serenidad firme, dice:

—Nos vamos.

No hay temblor en su voz. Solo decisión. Un gesto de seguridad y madurez que no deja espacio para la duda. Sor Isabel sube a la furgoneta junto a Sor Berit y Sor Paloma. El motor responde con un sonido irregular, casi frágil.

El portón se abre y sale una furgoneta con las monjas dentro. De esta manera, las monjas se marchan de una forma digna, sin enfrentamientos ni finales apoteósicos. Han evitado el cara a cara con la prensa, con el arzobispo o con la Guardia Civil. Asisto a un final conventual, envolvente, profundamente religioso e intimista.

—Quedará todo, madre, todo vuestro legado espiritual —le respondo—. Solo que ya no se verá.

Esboza una leve sonrisa, casi imperceptible.

—Entonces es suficiente.

—Ahí fuera no será fácil.

—Aquí tampoco lo fue —responde con calma—. Pero era nuestro lugar. Ahora nos toca encontrar el siguiente.

—¿Y si no lo encuentran?

Se detiene un instante, con la mano en la puerta.

—Entonces lo construiremos.

—Y la furgoneta ¿Funcionará? —pregunto, medio en broma.

Desde la ventanilla, la abadesa me mira por última vez.

—Como nosotras, Francisco: lo justo para seguir adelante.

No hay más palabras. Solo una salida solemne, a la altura de las grandes comunidades religiosas.

Se marchan discretamente, como han vivido: sin ruido, sin aspavientos, con una dignidad que no necesita ser proclamada. Amparadas por la intimidad de una noche envolvente, las monjas rebeldes avanzan en su furgoneta, como figuras místicas y silenciosas.

Unos minutos más tarde, a las 3:16h am se envía el comunicado a todos los medios: se comunica que, en el día de hoy, a las 02:46h, las Monjas de Belorado han abandonado el Monasterio para emprender camino hacia un nuevo proyecto.

El desahucio está previsto para las 9:30 de la mañana. Pero cuando llegue esa hora, el monasterio ya no contendrá vida. Solo muros, historia y el eco reciente de una decisión.

Así se pone fin a una etapa de presencia histórica en el Monasterio de Belorado. Y, al mismo tiempo, comienza otra. Incierta, difícil, pero propia.

Llegó el momento de marcharse. No como una huida, sino como un final escrito con solemnidad. El 12 de marzo de 2026 quedará fijado en la memoria como el día en que el Monasterio de Belorado dejó de ser hogar para quienes, hasta el último instante, lo habitaron con fe y silencio.

Durante los últimos cuatro días he acompañado a las monjas encargadas de coordinar la mudanza: sor Isabel, sor Berit, sor Paloma y sor Sión. Cuatro nombres que sostienen ahora el peso del final de una historia centenaria. No ha habido dramatismo innecesario ni gestos grandilocuentes. Solo una determinación serena, casi austera.

El interior del monasterio ya no es el de siempre. Durante días enteros, las monjas han barrido, ordenado y dejado cada estancia en un estado de máxima limpieza. Ni rastro de polvo, ni de vida reciente, ni de conflicto. Todo el desorden —cajas de cartón, sábanas a medio doblar, zapatos desparejados— se acumula ahora a los pies de la furgoneta, como si el monasterio hubiera expulsado cualquier señal de mudanza. Orden absoluto dentro; caos contenido fuera.

En el patio exterior aguarda la «Javieta», una vieja furgoneta de segunda mano donada por los padres de una de las monjas. Es el vehículo de la comunidad y hoy será el encargado de acompañarlas en su partida. Funciona a medio gas, como si también acusara el cansancio de lo vivido. Vieja, usada, pero imprescindible: un símbolo discreto de apoyo en medio de la incertidumbre.

Las religiosas cargan sus enseres con una sincronía casi perfecta. Parecen un ejército de hormigas: ritmo constante, precisión silenciosa. Están cansadas, pero persiste en ellas una firme resistencia.

—¿Está todo listo, madre? —pregunto en voz baja.

—Nunca está todo listo, Francisco —responde sin detenerse—, pero siempre llega el momento de partir.

—¿Y no queda nada por hacer?

La abadesa se detiene y me mira con una serenidad difícil de sostener.

—Sí. Queda lo más importante: apagar la última vela. Ese será el instante que marque el final de la comunidad en el convento.

La acompaño hasta la iglesia, donde debe formalizarse la despedida. Pasamos por estancias impecables. Mi misión es inmortalizar el momento: la última imagen que saldrá del interior del monasterio.

Antes de subir al altar, se vuelve hacia mí.

—Francisco, voy a apagar la última vela.

Son las 2:30 de la madrugada. La noche parece más profunda a esa hora, como si todo se detuviera. El silencio es absoluto. Afuera, el cielo está limpio y lleno de estrellas. Dentro, no se oye nada: ni pasos, ni voces, ni coches. Solo quietud.

La abadesa avanza hacia el altar con paso pausado. Sube los cinco escalones y sopla la última vela encendida.

El gesto es lento, consciente.

Luego se gira y desciende. Se dirige al cuadro eléctrico, una superficie llena de interruptores.

Acciona el primero.

Clic.

La iglesia queda envuelta en una penumbra suave.

Pulsa otro.

Clic.

Las sombras comienzan a ascender por las paredes, cubriendo el altar.

Cada interruptor apaga un fragmento de vida. Cada clic borra un rastro de lo que fue.

La penumbra avanza sin prisa, con solemnidad.

—Es curioso —murmura—. Tantos años encendiendo luces… y ahora toca apagarlas.

Clic.

—¿El qué?

Clic.

—Que hemos hecho lo que debíamos.

El último interruptor deja el monasterio completamente a oscuras. La luz desaparece. Solo queda el silencio, denso y definitivo.

Faltan apenas siete horas para el desahucio. Es alta madrugada. No hay periodistas ni cámaras. Es el único momento posible para salir sin ruido, sin confrontación.

En el patio estamos la abadesa, sor Berit, sor Paloma, yo y sus dos abogados. Nadie habla.

La abadesa da un paso al frente, mira hacia la salida y dice:

—Nos vamos.

No hay temblor en su voz. Solo decisión.

—Quedará todo, madre. Todo vuestro legado espiritual —le digo—. Aunque ya no se vea.

Esboza una leve sonrisa.

—Entonces es suficiente.

Se dirigen hacia la furgoneta. Antes de salir, me acerco una última vez.

—Madre, ahí fuera no será fácil.

—Aquí tampoco lo fue —responde con calma—. Pero era nuestro lugar. Ahora nos toca encontrar el siguiente.

—¿Y si no lo encuentran?

Se detiene, con la mano en la puerta.

—Entonces lo construiremos.

Poco después, veo cómo sor Isabel sube a la furgoneta junto a sor Berit y sor Paloma. El motor arranca con un sonido irregular.

—¿Funcionará? —pregunto, medio en broma.

Desde la ventanilla, la abadesa me mira por última vez.

—Como nosotras, Francisco: lo justo para seguir adelante.

No hay más palabras.

Se marchan discretamente, como han vivido: sin ruido, sin aspavientos, con una dignidad que no necesita proclamarse. La furgoneta se aleja en la noche, llevando consigo algo más que pertenencias: una historia entera.

El desahucio está previsto para las 9:30 de la mañana. Pero cuando llegue esa hora, el monasterio ya no contendrá vida. Solo muros, historia y el eco reciente de una decisión.

Así se cierra una etapa en el Monasterio de Belorado. Y, al mismo tiempo, comienza otra: incierta, difícil, pero propia.

Porque si algo queda claro en esta madrugada es que la luz no se extingue: se traslada.

La luz se ha apagado en Belorado, pero otra acaba de encenderse.

El New York Times pone el foco en las monjas cismáticas

Las monjas de Belorado llegan al foco internacional a través del rotativo más influyente del mercado

Durante meses, la historia de las monjas de Belorado ha trascendido el ámbito local para convertirse en un fenómeno mediático internacional. Lo que comenzó como un conflicto interno ha terminado captando la atención de The New York Times, en un artículo que ha llevado el caso a una audiencia global de más de 110 millones de lectores.

Fundado en 1851, The New York Times se ha consolidado como uno de los periódicos más influyentes del mundo, capaz de transformar cualquier historia local en un asunto de interés global. Su cobertura de temas religiosos y de poder es amplia y constante, desde crisis internas del Vaticano hasta debates sobre autoridad eclesiástica, lo que convierte el caso de las monjas de Belorado en noticia natural para sus páginas.

Un conflicto más allá de lo religioso

La cobertura del diario estadounidense no se limita al conflicto institucional —la ruptura con la Iglesia conciliar y el cuestionamiento de la autoridad del Vaticano—, sino que explora también tensiones espirituales, relatos de fenómenos inexplicables y la supuesta presencia del mal con elementos de misterio que amplifican el interés global. En el centro del debate está quién tiene la autoridad real sobre la comunidad: las religiosas que reivindican autonomía espiritual o la jerarquía eclesiástica que defiende su control histórico y canónico, un choque que implica dimensiones legales y patrimoniales. Además, el convento ha conciliado su vida contemplativa con distintos emprendimientos, como la producción de dulces y trufas, que proyectan una imagen cercana, contrastando con los elementos más inquietantes que han emergido en los últimos meses, transformando a estas monjas en protagonistas de un drama cargado de tensiones e intrigas palaciegas.

El episodio de Derio: origen de lo inexplicable

Según diversos testimonios recogidos en el relato mediático, los problemas se intensificaron en la localidad de Derio. Allí, las monjas de Belorado acudieron tras recibir una llamada de auxilio de una comunidad de religiosas ancianas, cuya situación de salud era extremadamente delicada.

Lo que encontraron, según su versión, fue mucho más que una comunidad envejecida. Hablan de un ambiente cargado, difícil de explicar desde parámetros racionales. Relatan risas inexplicables en la noche, llantos sin origen aparente y objetos que se movían sin intervención humana.

Dos de las religiosas afirmaron haber presenciado directamente una figura que identificaron como el demonio. Estas experiencias, que ellas interpretan como manifestaciones de carácter preternatural, marcaron profundamente a la comunidad y reforzaron su percepción de estar enfrentándose a una realidad espiritual oscura.

Entre la fe y la controversia

El tratamiento de estos hechos aporta un marco de credibilidad sin límites, en un sello periodístico caracterizado por su capacidad de verificación. Además, subraya el impacto que estos relatos tienen tanto dentro como fuera de la Iglesia. En un mundo cada vez más secularizado, historias como esta generan una mezcla de fascinación, escepticismo y debate.

Para algunos, se trata de un caso de conflicto interno amplificado por tensiones teológicas, para otros, es una muestra de que las creencias en lo sobrenatural siguen vivas incluso en contextos contemporáneos.

¿Por qué las monjas de Belorado se han convertido en un fenómeno mediático global?

Las monjas de Belorado concentran todos los elementos de una historia irresistible para la prensa internacional: conflictos con el poder del Vaticano, ruptura con la norma y una narrativa que mezcla fe, tensión institucional y misterio. Su caso trasciende lo religioso al plantear preguntas universales sobre autoridad, propiedad y conciencia individual. A ello se suma un contraste potente entre su vida cotidiana —repostería, clausura— y episodios inquietantes vinculados a fenómenos demoníacos.

El relato incorpora ingredientes como la vulnerabilidad humana, el dramatismo y el simbolismo, convirtiéndolos en espejo de debates contemporáneos. No es solo una historia local: es un relato globalizable que conecta con la fascinación por lo desconocido y los conflictos de poder. Esa combinación sumada a la singularidad de sus protagonistas explica su enorme proyección mediática.

¿Qué son las monjas rebeldes?

Las llamadas “monjas rebeldes” son religiosas que, aun formando parte de la vida consagrada, se apartan de la obediencia estricta a la jerarquía eclesiástica para actuar conforme a su propia conciencia y a una interpretación personal de la fe.

El término no es oficial, sino descriptivo, y se utiliza para referirse a aquellas que cuestionan normas, decisiones o autoridades de la Iglesia cuando consideran que estas entran en conflicto con valores como la justicia, la verdad o la coherencia espiritual.

El caso de las monjas de Belorado se ha convertido, para muchos, en un ejemplo paradigmático. Su ruptura no fue silenciosa ni gradual, sino explícita y pública: el 8 de mayo de 2024 firmaron ante notario un manifiesto católico en el que exponían su postura. El gesto provocó una fuerte sacudida tanto dentro de la Iglesia como en la opinión pública. En ese documento, las religiosas llegaron a calificar de “usurpador” al actual papa, una afirmación de enorme gravedad en el contexto eclesial, que precipitó su excomunión y formalizó su separación de la institución.

A partir de ahí, el conflicto adquirió todas las dimensiones posibles: doctrinal, jurídica, mediática y económica. La Iglesia respondió con las herramientas previstas en su normativa, mientras que ellas defendieron su posición apelando a la fidelidad a lo que consideran la verdadera tradición. El resultado ha sido un escenario de confrontación en el que no solo está en juego la autoridad, sino también la legitimidad de la disidencia dentro de una estructura históricamente basada en la obediencia.

Quienes observan estos casos desde una perspectiva crítica con la institución tienden a ver en estas religiosas figuras de resistencia, incluso de sacrificio. No en el sentido clásico del martirio, ligado a la muerte, sino en el que recoge la Real Academia Española al definir mártir como “persona que padece muerte o grandes sufrimientos en defensa de sus creencias o convicciones”. Bajo esta lectura, las consecuencias que afrontan —presión, aislamiento, sanciones y dificultades materiales— las acercarían a una forma de martirio contemporáneo.

Sin embargo, esta interpretación convive con otra muy distinta. Para amplios sectores de la Iglesia, estas actitudes no representan valentía, sino una ruptura que pone en riesgo la cohesión y la autoridad eclesial. Desde esta óptica, la desobediencia no es un acto profético, sino una fractura.

Entre ambas miradas se dibuja un debate que va más allá de un caso concreto. Las “monjas rebeldes” no solo interpelan a la Iglesia, sino también a la sociedad: obligan a preguntarse hasta qué punto la fidelidad a una institución puede —o debe— ceder ante la fidelidad a la propia conciencia.

Autor: F.Canals

Preocupación ante los crecientes rumores sobre el empeoramiento de salud de las monjas mayores

La comunidad de monjas de Belorado desea manifestar su profunda preocupación y angustia ante los crecientes rumores que apuntan a un posible empeoramiento del estado de salud de las cinco hermanas de mayor edad derivado de su traslado desde el Monasterio de Orduña.

La comunidad ya advirtió, tanto en el día de ayer como con anterioridad al traslado, del grave riesgo que dicha decisión podía suponer para las hermanas mayores. En Orduña se encontraban debidamente atendidas, en un entorno afectivo, estable y plenamente acorde con su vida religiosa, junto a su familia de hermanas y en lo que ha sido siempre su propia casa.

Las propias hermanas mayores expresaron de manera clara y reiterada su voluntad de no ser separadas, siendo conscientes de su edad, de su estado de salud y de la importancia del acompañamiento fraterno y espiritual para su bienestar. Pese a estas advertencias, el traslado se llevó a cabo de manera totalmente temeraria, provocando una separación que consideramos innecesaria, traumática y profundamente dolorosa.

En las últimas horas han aumentado los rumores sobre el deterioro de su estado de salud y la angustia que estarían padeciendo. Sin embargo, la comunidad de Belorado permanece incomunicada, sin posibilidad de contacto directo con ellas, lo que incrementa la preocupación y el sentimiento de indefensión ante una situación que consideramos una grave injusticia. Solicitamos a toda la comunidad periodística que nos ayuden ante esta injusta situación.

Hacemos un llamamiento a la responsabilidad y a la sensibilidad de quienes han intervenido en esta decisión para que se adopten medidas urgentes que pongan fin a esta situación y devuelvan a las monjas mayores.

Las religiosas intentan visitar a las monjas mayores en el Hospital de Basurto, Bilbao

Mañana, 22 de diciembre, a las 11:00h am, las monjas de Belorado acudirán al Hospital de Basurto con el objetivo de intentar visitar a tres monjas mayores que permanecen ingresadas en dicho centro.

Se trata de una situación insólita, en la que a las propias religiosas no se les permite el acceso a una institución sanitaria para visitar a monjas a las que han cuidado durante décadas. Una circunstancia trágica, dolorosa e innecesaria, agravada por los rumores sobre el supuesto empeoramiento del estado de salud de una de las monjas mayores trasladadas. Este será el segundo intento de las monjas de Belorado por poder verlas y acompañarlas.

Se trata de un caso sin precedentes en el que se ha generado un daño y dolor innecesario, fracturando profundamente la unión de una comunidad de religiosas. Algunas de las mayores acumulaban hasta 40 años de contacto con las monjas jóvenes.

Las monjas reiteran su deseo de que prevalezcan la humanidad, la caridad y el sentido común ante una situación que jamás debió producirse. Su única intención es poder acompañar y estar cerca de sus hermanas mayores en un momento especialmente delicado, apelando al respeto de los vínculos humanos, afectivos y religiosos que han unido a esta comunidad durante toda una vida.

Las monjas clarisas de Belorado celebran la tradicional Misa del Gallo

La comunidad de monjas de Belorado celebra la tradicional misa del gallo, uno de los actos litúrgicos más significativos del calendario. La celebración, marcada por el recogimiento y la oración, se ha desarrollado en un clima de profunda espiritualidad.

Este acto litúrgico no supone una interrupción de la vida conventual, sino que se integra plenamente en la actividad espiritual diaria de la comunidad, basada en la oración, la contemplación y el trabajo cotidiano. El obispo valenciano Rafael Cloquell ha desarrollado el acto litúrgico.

Las monjas de Belorado continúan así fieles a su vocación, manteniendo su ritmo habitual de vida religiosa durante las festividades navideñas, en coherencia con la tradición y el sentido profundo de estas fechas.

La comunidad desea trasladar un mensaje de paz, esperanza y oración a todos aquellos que siguen con interés su vida espiritual y agradece las muestras de respeto y apoyo recibidas.

Fallece Sor Getsemaní, una de las monjas mayores

Las monjas desean comunicar, con gran pesar, a la opinión pública que, con fecha 12 de enero de 2026, han tenido conocimiento del fallecimiento de sor Getsemaní, ocurrido el pasado viernes 9 de enero, a los 89 años de edad, en el monasterio de Santa Clara de Castil de Lences.

Las monjas jóvenes ya advirtieron públicamente, el pasado mes de diciembre, que este desenlace era altamente probable, ya que el traslado de monjas de edad avanzada, su alejamiento del entorno afectivo y emocional y la separación de la comunidad con la que habían convivido durante décadas podían derivar en un acontecimiento trágico. Pese a ello, dichas advertencias no fueron atendidas ni tenidas en cuenta.

En la intervención del 18 de diciembre, nadie quiso hacer caso de las advertencias de las monjas sobre la medicación y los cuidados de las mayores, siendo precisamente esta monja la que presentaba las patologías más delicadas y con la que había que extremar las precauciones. Es obvio que su traslado, en las condiciones en que se realizó, la desestabilizó por completo.

Sor Getsemaní (Burgos, 89 años) fue una mujer de gran sabiduría y discernimiento. Cauta, prudente, amante del diálogo y del silencio, supo armonizar lo antiguo con lo nuevo. Maestra de profesión, fue una gran religiosa. Destacó por su inteligencia interior: profunda, pedagógica y sabia, enseñó a las monjas jóvenes a vivir conforme al carisma de las clarisas. De personalidad fuerte y muy querida por la comunidad, poseía un innato espíritu franciscano.

Asimismo, las monjas de Belorado disponen de un certificado emitido por un reconocido neurólogo vasco, responsable del seguimiento médico de sor Getsemaní, en el que se indicaba de forma expresa que no era aconsejable su traslado.

Las monjas jóvenes han tenido conocimiento de este trágico fallecimiento de manera casual, sin haber sido notificadas ni avisadas, pese a tratarse de una hermana con 67 años de vida religiosa que había convivido durante cerca de 40 años con algunas de las monjas.

La comunidad lamenta profundamente este final de su hermana, a la que querían muchísimo, al igual que al resto de las mayores que fueron arrancadas de su casa.

La crisis de las lentejas secas

El Arzobispo acusa a las monjas de dejar el convento en condiciones de suciedad y desorden extremos

Si tuviéramos que definir una “crisis de las lentejas”, pondríamos como ejemplo un puchero con este alimento en una encimera desordenada. Esto es, según la prensa, lo que se encuentra la Iglesia Conciliar cuando recibe las llaves del convento el pasado 12 de marzo de 2026.

El día 13 amanece con numerosos titulares que alertan de un hecho tan insólito como escandaloso: las monjas han dejado el convento sin barrer y lleno de suciedad, en un escenario en el que no faltan telarañas ni ratones.

Todo empieza un mes antes del desahucio y, en el silencio del edificio, comienza a escucharse el ruido. Son sonidos de monjas moviendo fregonas. Desde la perspectiva del claustro se distinguen escobas, cubos y fregonas de todas las marcas y tamaños, encomendados a una tarea casi de récord Guinness: limpiar un convento de más de 3.500 m² en menos de treinta días.

Las religiosas visten hábito, están cansadas, pero se mueven con inquietud. Afrontan un desahucio in extremis; son las “exterminadoras de la limpieza”. Saben que lo hacen por Dios y que el convento será entregado al arzobispo, pero aun así quieren dejarlo impecable.

Durante los 30 días previos al desahucio, el trabajo de limpieza se intensifica hasta límites casi inhumanos. Las monjas duermen apenas tres o cuatro horas al día. Son 3.500 m² de convento y cerca de 5.000 m² de jardines, además de una hospedería, una iglesia y más de medio centenar de estancias: un trabajo para el que haría falta, al menos, una decena de personas.

El convento se llena del ruido de las aspiradoras, del zigzag de las fregonas y del chasquido de los sprays de limpieza. Son horas interminables que se prolongan de sol a sol en una carrera contra el tiempo, un trabajo realizado incluso a costa de su propia salud.

¿Y por qué las monjas quieren dejar tan limpio el convento?

Una monja debe dejar siempre limpio un convento porque la limpieza refleja el respeto por el lugar donde vive la comunidad. Mantener los espacios ordenados contribuye a crear un ambiente de tranquilidad que favorece la paz interior y la vida espiritual. El orden de una casa o una habitación refleja el orden interior de quien la habita; el desorden es siempre reflejo de una vida caótica, mientras que el orden acompaña a una vida estructurada.

Además, el convento no es solo un hogar, sino un espacio compartido por todas, por lo que cuidar su limpieza demuestra consideración y respeto hacia las demás.

La limpieza también ayuda a mantener condiciones adecuadas de salud e higiene, evitando enfermedades y asegurando que los espacios comunes —como la cocina, los dormitorios o la capilla— se mantengan en buen estado. Asimismo, realizar tareas de limpieza puede entenderse como una forma de servicio y humildad, valores muy presentes en las tradiciones religiosas.

Cuando una monja cuida el convento y lo mantiene limpio, también preserva el lugar para quienes lo visitan: fieles o personas que buscan silencio y reflexión. Por todo ello, la limpieza del convento no solo es una responsabilidad práctica, sino también una forma de expresar respeto.

Y, por supuesto, tampoco faltan intrigas palaciegas. Las monjas sospechan que la Iglesia intenta desacreditarlas, argumentando falta de limpieza. Por eso me llaman: “Francisco, necesitamos que estés aquí con las monjas y hagas fotos durante estos días”.

Tras un arduo e intenso trabajo, las monjas dejan el monasterio impoluto, tan limpio como un quirófano el día de su estreno.

Las monjas salen del convento el 12 de marzo de 2026 a las 02:46 de la madrugada. Unas horas más tarde, a las 9:30, llega la comitiva judicial y se procede a la entrega de llaves y a la revisión del convento.

Pero la prensa se llena de titulares: “La casa de los horrores”, “Las monjas dejan el convento sucio y desordenado”. Decenas de fotografías enviadas por el equipo del arzobispo muestran supuestos signos de desorden: la imagen de un ratón, telas de araña o una encimera desordenada. El teléfono no deja de sonar. El escándalo gira en torno a un detalle doméstico: un puchero con lentejas secas que el equipo del obispo encuentra en la cocina. A la lista de reproches se suma una lavadora con una colada sin terminar y la presencia de una telaraña situada tras una bancada en la iglesia del convento.

Sin embargo, se trata de fotografías descontextualizadas. Apenas hay planos generales de estancias completas; predominan los encuadres cerrados y recortados que, según las monjas, buscan perjudicarlas.