¿Por qué las monjas de Belorado no pueden hacer las maletas?

Por extraño que parezca, existen personas que jamás han utilizado una maleta. No porque no hayan podido, sino porque eligieron no necesitarla.

En 2008, las monjas Reparadoras del convento de la calle Torija, en Madrid, se vieron obligadas a hacer lo que nunca habían hecho: preparar las maletas. El Senado compró el edificio y cuarenta religiosas tuvieron que abandonar el lugar.

Hoy, las monjas de Belorado atraviesan una situación aún más grave, que ha derivado en uno de los desahucios más polémicos de las últimas décadas. La expulsión de su casa religiosa ha ido acompañada de multitud de noticias y acusaciones que evocan prácticas que parecían enterradas en la Edad Media. Son sospechosas de todo y condenadas a nada.

Ante la proximidad de la fecha señalada para el desahucio de Belorado me surgió entonces una pregunta tan simple como devastadora: ¿qué maletas pueden hacer quienes nunca las han tenido?

La vida de clausura implica un profundo aislamiento de la vida civil. Desde el momento en que una religiosa cruza el umbral del convento, deja de salir al exterior. No viajan a su ciudad de origen, no toman el AVE ni esperan en puertas de embarque. Son monjas que habitan el mismo espacio día tras día, año tras año, hasta envejecer y morir en el convento.

Los conventos han aprendido a convivir con un mundo que avanza mientras ellas permanecen. Pero esa modernización no altera la esencia de su elección: quedarse. Por eso, cuando una monja se ve obligada a marcharse, no solo abandona un convento; abandona una vida entera. La maleta deja entonces de ser un objeto trivial para convertirse en el símbolo de una ruptura profunda.

Pero existe también otra razón más íntima: las monjas no tienen qué meter dentro de una maleta. En la vida de clausura no hay ropa de otras estaciones ni recuerdos de viajes anteriores. La vida conventual elimina la acumulación porque elimina la expectativa de partir.

Tampoco existe la previsión del traslado. La vida moderna está construida sobre la idea de lo provisional: contratos temporales, mudanzas, cambios de empleo. Las personas viven preparadas para irse. Las monjas de clausura, en cambio, viven preparadas para quedarse.

El convento no es solo su vivienda. Es su biografía completa, porque el mundo que abandonaron ya no existe. No es solo que no tengan maletas; es que algunas de ellas tampoco tienen destino, porque lo depositaron todo en Belorado.

La maleta representa la posibilidad de elegir marcharse. La clausura, en cambio, representa la elección de permanecer. Son dos lógicas incompatibles. La maleta pertenece al mundo del tránsito; el convento, al mundo de la permanencia.

Por eso, cuando algunas personas de gatillo fácil dicen que las religiosas de Belorado “deben hacer las maletas”, la expresión adquiere una carga de profundidad. No se trata de organizar objetos, sino de desmantelar una vida construida sobre la certeza de no partir nunca. Las monjas de Belorado pertenecen a un mundo que observaron desde lejos, pero que nunca fue el suyo: bajo sus camas o en sus armarios no hay maletas y por esa razón tardaron tanto en organizarse durante un desahucio in extremis.

También hay un elemento de identidad. Cuando una mujer entra en clausura rompe con su identidad anterior. Cambia de nombre, de vestimenta y de rutina. La maleta pertenece a la persona que aún transita entre mundos; la monja de clausura, en cambio, elige habitar uno solo. No vive entre un “antes” y un “después”, sino en un “siempre” continuo. No hay transición prevista y, por tanto, tampoco preparación para la partida.

Es por esa razón que las de Belorado tardaron tanto tiempo en hacer las maletas, cada vez que lo intentaban se bloqueaban como un niño ante un «cubo Rubiek» ya que se les pedía un acto contrario a la vida religiosa.

La maleta es un objeto propio de vidas fragmentadas; la clausura pertenece a vidas continuas. Por eso, cuando una monja se ve obligada a abandonar su monasterio, la escena contiene una paradoja silenciosa: se le exige actuar como alguien que ha vivido siempre en tránsito, cuando su vida ha sido, precisamente, la negación del mismo.

Poco a poco sigo avanzando por el claustro, allí hay otra monja atareada. Sor Paloma, carga una gran alfombra en sus brazos, se asemeja a un trabajador de la construcción cargando con una gran tubería de acero en sus brazos (continuará) …

Autor: Francisco Canals, periodista

Sor Miryam, monja rebelde de Belorado, se retira un año tras un fuerte desgaste físico y mental

La comunidad de monjas del Monasterio de Belorado ha informado de que Sor Miryam, una de las ocho religiosas que actualmente forman parte del convento, se ha visto en la necesidad de acogerse de manera temporal a la figura canónica de “un año de ausencia comunitaria”. Esta decisión responde al fuerte desgaste físico, psicológico y emocional que viene padeciendo desde hace meses a causa de la intensa presión mediática, legal y judicial.

La medida no implica en absoluto un abandono de la vida religiosa, ni una exclaustración, ni una ruptura con la comunidad. Se trata de un recurso contemplado dentro de la vida conventual para salvaguardar la salud integral de una religiosa cuando las circunstancias externas resultan especialmente difíciles de sobrellevar.

Dentro del monasterio, Sor Miryam ocupa además un lugar muy significativo. Era la religiosa encargada de la cocina y una gran experta en gastronomía, conocida por su extraordinario talento culinario. Su habilidad la llevó incluso a participar en el reconocido encuentro gastronómico Madrid Fusión, donde sorprendió a cocineros y profesionales de todo el mundo, convirtiéndose en una figura singular dentro de la gastronomía conventual. Considerada “la manos de oro” de la cocina, Sor Miryam custodia una extensa tradición repostera y chocolatera, con dulces y elaboraciones artesanales que durante años no solo han sostenido económicamente al monasterio, sino que también forman parte de un valioso patrimonio cultural y gastronómico.

El desencadenante más inmediato de esta situación ha sido el reciente registro realizado por orden de una jueza de Bilbao, así como la separación de las monjas más jóvenes de las mayores. Estas circunstancias han dejado a Sor Miryam profundamente afectada, hasta el punto de entrar en estado de shock, agravando aún más el gran desgaste acumulado tras meses de presión continuada.

Salvemos a las Monjas punto com

La comunidad ha puesto en marcha una campaña de microdonaciones a través de la página web www.salvemosalasmonjas.com, donde cualquier persona puede colaborar de forma sencilla y segura para ayudarles a afrontar esta difícil situación y comenzar una nueva etapa.

Apoya a una comunidad de religiosas con casi 700 años de historia. Desde 1349 han vivido fieles a su vocación, manteniendo una tradición de fe, trabajo y vida en clausura que forma parte de nuestro patrimonio espiritual.

Hoy atraviesan una situación límite tras defender su postura y su modelo de vida frente a la Iglesia Conciliar. Han afrontado 8 procesos judiciales, desahucios, querellas, juicios penales y una intensa presión mediática con más de 4.000 noticias publicadas y 35 campañas de prensa. El próximo 12 de marzo de 2026 serán desahuciadas del que ha sido su hogar durante casi siete siglos.

Lejos de rendirse, estas hermanas han demostrado un espíritu emprendedor y creativo, impulsando proyectos de chocolate y repostería artesanal, un restaurante de clausura, actividades de horticultura, cuidado de animales, trabajos de corral doméstico y programas de apadrinamiento de árboles y gallinas. Su esfuerzo constante ha sido una forma digna de sostener a la comunidad incluso en medio de la adversidad.

Ahora el mayor riesgo es la dispersión de la comunidad. Tras toda una vida compartida, podrían verse obligadas a separarse y empezar desde cero. Necesitan apoyo económico para cubrir deudas y facturas, afrontar los gastos derivados de los procedimientos judiciales, financiar un posible traslado y adaptar un nuevo espacio donde poder continuar su vida religiosa.

Tu contribución, sea cual sea su importe, significa mucho para ellas. Ayudar es hacer posible que su fe, su trabajo y su legado sigan vivos después de casi 700 años de historia. Hoy necesitan comenzar de nuevo. Haz posible que puedan continuar.

La supuesta venta de oro

El polémico capítulo de la venta de oro por parte de las religiosas del Monasterio de Santa Clara de Belorado ha generado un intenso debate público y judicial

Origen de la historia

La historia de este acontecimiento se remonta a 2003, cuando tuvo lugar la venta del monasterio de Badaia. Este convento estaba ubicado en Vitoria, y en él, distintas monjas fallecieron con la edad. No ingresaban novicias ni nuevas vocaciones, de modo que quedaron tres últimas monjas desvalidas empujando a su comunidad al borde de la extinción.

Fue entonces cuando, a través de la federación y los conventos, acudieron hasta allí la madre Pureza (que en esa fecha era la abadesa de Belorado) junto a su vicaria. Junto a otras comunidades (Belorado, Santana de Oñate y Lecurri) asumieron la administración del monasterio, ya que debían atender a las tres monjas mayores.

La Iglesia Conciliar tomó la decisión de disolver la comunidad y poner en venta el monasterio. Cuando esto sucedió, cada una de las tres monjas mayores fue reubicada en monasterios distintos llevándose su parte de la venta al convento de destino.

El monasterio de Badaia se vendió por más de 2 millones de euros, alcanzando casi 3 millones gracias a la negociación de madre Pureza. Belorado asumió el cuidado de una de las tres monjas, y con ella llegó un remanente de 800.000 euros en 2003.

¿En qué se gastó ese dinero?

Los recursos sirvieron para acometer numerosas reformas y dar un gran impulso a Belorado. Se reformó la hospedería de San Damián, se renovó el claustro, las ventanas y las celdas entre 2003 y 2010. Se destinaron 300.000 euros a la iglesia de Artebakarra, 500.000 euros a la hospedería, y quedó un remanente de 250.000 euros, que se invirtió en oro al considerarlo un valor estable y un colchón para el futuro.

Contexto del 2020

En 2020, durante la pandemia, las monjas se vieron afectadas de manera significativa: dejaron de trabajar y de percibir ingresos, y su casa rural en Derio permaneció cerrada durante el confinamiento. El incremento de precios de materias primas como el chocolate o los frutos secos para sus productos de repostería provocó que su actividad económica cayera en picado.

Fue entonces cuando decidieron vender algunos de sus recursos. En ese contexto, pusieron a la venta acciones que habían adquirido años atrás y utilizaron los fondos obtenidos para comprar oro, considerándolo un recurso estable.

A lo largo de la historia, la mayoría de los conventos han contado con reservas de oro, plata u otros metales; era una práctica habitual de la época. Las monjas solían mantener estos recursos, así como colchones económicos, para poder afrontar imprevistos a largo plazo.

Entre los años 2000 y 2024, la comunidad retiró distintas cantidades de dinero para hacer frente a emergencias económicas. Con esos fondos pagaron deudas, aseguraron el cuidado de las cinco monjas mayores, financiaron el alquiler del restaurante-hotel en Arriondas —donde se creó el restaurante Santa María del Chicu— y adquirieron un terreno destinado a un centro canino.

Tras estas operaciones, quedaron 200.000 euros destinados a cubrir nóminas, empleados, impuestos y reformas. La comunidad consideró que este capital podría ser útil para afrontar adversidades futuras, por lo que decidió invertirlo en acciones, valores y oro. Esta decisión fue aprobada por el capítulo conventual como parte de su estrategia de seguridad económica.

Venta de oro y las cifras

El juicio actual se centra en la venta de 1,7 kilos de oro por 130.000 euros, realizada en un establecimiento especializado en Burgos. La prensa ha criticado que la operación se hizo supuestamente a título personal, aunque la comunidad defiende que este procedimiento es habitual y forma parte de su gestión normal de fondos.

El problema principal que se debate es la retirada del dinero en un período posterior al cisma, es decir, después del 8 de mayo de 2024. Algunos expertos cuestionan si la abadesa tenía capacidad legal para representar a la comunidad, dado que su autoridad para actuar estaba en disputa. Aun así, no existe evidencia de engaño ni de acto fraudulento en la transacción.

Investigación judicial

Las autoridades abrieron diligencias para determinar si la venta del oro constituye un delito de apropiación indebida o fraude, considerando que los lingotes podrían ser propiedad de la comunidad y no de las religiosas de manera individual. La abadesa que autorizó la operación ha sido citada a declarar mientras se examinan posibles irregularidades en la gestión de estos bienes.

Explicaciones de las implicadas

La comunidad ha defendido que la venta se realizó sin ánimo de lucro indebido, con conocimiento de la administración y siguiendo criterios de gestión legítima. Según su versión, la conversión de remanentes en oro busca dar estabilidad y seguridad económica al convento.

Debate público

El caso ha abierto un debate sobre cómo deben gestionarse los bienes de valor económico o histórico en las comunidades religiosas. Mientras algunos consideran que estos activos no deben venderse libremente, otros sostienen que, como parte de la administración del convento, la comunidad debería poder decidir sobre su uso legítimo.

Estado actual

Actualmente, la investigación judicial continúa abierta y no existe una resolución definitiva. Se espera que los tribunales determinen si la venta del oro fue un acto legítimo de gestión de patrimonio o si hubo irregularidades que requieran sanciones legales.

La compra de oro se realizó de manera completamente legal en Madrid, utilizando el DNI de la abadesa, tal como exige la ley. Dicho oro pertenece a la comunidad monástica, y la inversión fue consensuada por todos sus miembros. Según las religiosas, la operación está registrada en los libros contables y fue comunicada a la Archidiócesis de Burgos.

Una comunidad y tres monasterios

Belorado, Derio y Orduña: origen, expansión, crisis económica y conflicto judicial

El conflicto de las monjas de Belorado no se entiende sin analizar el llamado “triángulo conventual” que forman sus tres monasterios: el histórico convento burgalés donde nace la comunidad, la expansión hacia Vizcaya para salvar otro cenobio en decadencia y, finalmente, la arriesgada apuesta por un tercer edificio que terminó desencadenando un problema financiero y judicial.

El monasterio de origen: Belorado

El Monasterio de Santa Clara de Belorado, también conocido como Nuestra Señora de Bretonera, es el corazón histórico y espiritual de la comunidad. Fundado en 1358 y refundado en 1460 por el Conde de Haro, el edificio ha sobrevivido a guerras, expolios y reconstrucciones, incluida la devastación sufrida durante la Guerra de la Independencia.

Ubicado a 60 kilómetros de Burgos y a escasos metros del centro del municipio, el complejo cuenta con 3.500 metros cuadrados construidos, 8.000 de terreno, 25 celdas, iglesia, refectorio y dependencias propias de la vida contemplativa. Es el “convento nodriza”, donde se concentra la mayor parte de la vida comunitaria y donde las monjas pasan la mayor parte del tiempo.

2011: El inicio de Derio: Llamada SOS entre monasterios

En 2011, el entonces obispo de Bilbao, Mario Iceta, pidió ayuda a la comunidad de Belorado. En Vizcaya se estaban cerrando numerosos monasterios y el de Derio, construido en 1971 y situado a apenas dos kilómetros de Bilbao, estaba al borde de la desaparición: pocas monjas y todas de edad avanzada.

La respuesta fue inmediata. Varias religiosas de Belorado se trasladaron a Derio para revitalizar la comunidad. Desde entonces, la congregación quedó dividida entre dos sedes, aunque funcionaba como una sola gracias a reuniones capitulares por videoconferencia —algo pionero en aquel momento— y a la presencia alterna de la abadesa.

Obras, turismo religioso y críticas

Entre 2011 y 2018 se acometieron importantes reformas en Derio, financiadas en parte con ingresos del obrador de Belorado. Se restauró la iglesia y se impulsó una hospedería religiosa.

En un primer momento solo se aceptaban donativos, pero el sistema resultó insuficiente. Posteriormente se obtuvo licencia turística, se establecieron tarifas oficiales y se profesionalizó la gestión con plataformas de reservas. La hospedería y la casa rural comenzaron a recibir visitantes nacionales e internacionales. Fue todo un éxito, las religiosas se perfilaban como grandes monjas emprendedoras.

El proyecto, sin embargo, no estuvo exento de críticas. Algunos sectores acusaron a las religiosas de actuar como “monjas turísticas”, mientras el obispado seguía de cerca la evolución de las obras.

Problemas urbanísticos y golpe de la pandemia

El enclave de Derio presentaba dificultades urbanísticas derivadas de recalificaciones anteriores. El Ayuntamiento ordenó el cese de actividad de la casa rural. Las monjas intentaron reconvertirla en vivienda vacacional de larga estancia, con menor rentabilidad.

La llegada del COVID-19 terminó por paralizar completamente la actividad turística. Con la pandemia, aquella etapa quedó prácticamente clausurada.

El deseo de abandonar Derio

Paralelamente, la comunidad manifestó haber vivido en Derio experiencias que describieron como fenómenos preternaturales, especialmente intensos entre 2011 y 2016. Aquellas vivencias, unidas a las dificultades económicas y administrativas, reforzaron la idea de vender el monasterio.

Cuando las de Belorado llegan a Derio en 2011 se encuentran una comunidad muy deteriorada. Monjas mayores con numerosas patologías, un ambiente tenso y repleto de problemas. Pronto se dan cuenta que el lugar es escenario de presencias demoníacas, risas y llantos nocturnos, manos heladoras, objetos que se mueven solos. Estos hechos aterrorizan a la comunidad hasta convertir a ese sitio en un espacio inhabitable.

Sin embargo, la operación de venta de Derio fue paralizada desde Roma. Esa decisión sería determinante en los acontecimientos posteriores ya que aumento la tensión entre las monjas y la Iglesia conciliar.

2020: La apuesta por Orduña

En octubre de 2020, las religiosas visitaron el Monasterio de Santa Clara de Orduña, cerrado desde hacía 18 años. El edificio, de aspecto imponente y casi fortificado, les impresionó profundamente.

El contrato de compraventa con las Clarisas de Vitoria se cerró en 1,2 millones de euros: 100.000 euros iniciales y pagos semestrales de 75.000 euros, con dos años de moratoria. El plan era claro: vender Derio para financiar Orduña.

Pero el monasterio de Orduña presentaba graves deficiencias: más de 50 goteras, un tejado de más de 1.000 metros cuadrados en mal estado, problemas eléctricos y condiciones de habitabilidad precarias. A pesar de ello, comenzaron las obras, especialmente en la cubierta.

La venta bloqueada y el conflicto judicial

La paralización de la venta de Derio dejó a la comunidad sin liquidez para afrontar los pagos pactados. Las Clarisas de Vitoria iniciaron acciones legales para rescindir el contrato e intentar recuperar Orduña. Un proceso de conciliación no prosperó y el caso terminó en los tribunales.

Ante la falta de fondos, Derio fue hipotecado por 720.000 euros para financiar las reformas del tejado de Orduña. La cuota mensual asciende a 5.500 euros.

Una comunidad endeudada y un conflicto abierto

El resultado es una situación compleja: Orduña parcialmente reformado, Derio hipotecado, pagos pendientes y un litigio en curso. La operación diseñada para cerrar una etapa y comenzar otra terminó generando un escenario de fuerte tensión económica y jurídica.

La historia de este triángulo conventual —Belorado, Derio y Orduña— es la crónica de una expansión solidaria que derivó en crisis financiera, bloqueo institucional y conflicto judicial aún sin resolver.

Entrevista a Sor Isabel

Laura García de Viedma, abadesa y religiosa con 40 años de experiencia

Sor Isabel de la Trinidad, religiosa, nació en Burgos el 9 de diciembre de 1965, era una noche de luna llena tan solo 24 horas después de una fecha clave en la historia de la Iglesia: el 8 de diciembre de 1965, día en que se cerraba el Concilio Vaticano II. Fue bautizada el 15 de diciembre en la parroquia de San Lesmes Abad, bajo el patrocinio de la Virgen del Pilar, recibiendo el nombre de Laura.

La abadesa es la máxima autoridad dentro de la comunidad y se caracteriza por ejercer el liderazgo tanto espiritual como administrativo. Es una mujer persistente y de carácter firme, que guía la vida religiosa de las monjas, asegura el cumplimiento de la regla de la orden, administra los bienes del monasterio, observa atentamente a las demás religiosas y establece principios éticos.

Sor Isabel, es una monja de larga trayectoria, habituada a gestionar problemáticas complejas, forjó buena parte de su experiencia en el convento de Lerma, donde tiene sus orígenes vocacionales y donde comenzó a consolidar su carácter. Allí empezó a perfilar ese temperamento estructurado que más tarde marcaría su estilo de gobierno, demostrando capacidad para afrontar los retos que amenazan la vida conventual contemporánea.

Sor Isabel ama a los animales, especialmente a los gatos, y no puede relajarse, ya que siempre debe mirar la vida desde la perspectiva del mundo conventual, siendo ejemplo de vida espiritual, obediencia y experiencia religiosa.

Su manera de actuar ha sido descrita como firme y decidida, en ocasiones polémica y desafiante frente a las autoridades religiosas, como el arzobispo o el comisario pontificio.

Se la considera una mujer resuelta, dispuesta a asumir conflictos y a sostener sus convicciones, aun cuando ello haya generado tensiones tanto dentro de la comunidad como en el entorno social. Su postura ante las normas eclesiásticas y los procesos judiciales ha consolidado la percepción de un temperamento combativo y poco inclinado a someterse sin más a la autoridad tradicional.

— Usted nació apenas un día después de la clausura del Concilio Vaticano II. ¿Siente que ese contexto marcó su camino?

— Es una coincidencia significativa —admite—. Nací el 9 de diciembre de 1965. Fui bautizada en San Lesmes Abad bajo el patrocinio de la Virgen del Pilar. Crecí en una familia sencilla, profundamente unida. Mis padres, Enrique y María, nos enseñaron responsabilidad y fe. No imaginaba entonces la clausura, pero sí recuerdo una inquietud interior muy fuerte.

Soy la tercera de cuatro hermanos. Estudié en el colegio de las Religiosas de Jesús María y después en el Instituto Diego Porcelos, donde cursé Ciencias. En 1984, con apenas 18 años, ingresé como postulante en el Monasterio de Santa Clara de Lerma.

—Allí comenzó todo —dice—. El noviciado, los votos temporales, la profesión solemne en 1990. Aprendí disciplina interior. La vida clarisa no es idealismo; es concreción.

Oficios, arte y sostenimiento

—En Lerma asumió muchas responsabilidades desde muy joven.

—Sí. Con 24 años era responsable del obrador. Fui tornera, portera, hospedera, encargada de formación permanente… La comunidad exige una disponibilidad total.

Su biografía en esa etapa sorprende por la diversidad. Además de las tareas conventuales, desarrolló una intensa actividad artística.

—Ilustré la revista federal Hermanas Menores. Trabajé en libros como Repostería Monacal, Postres Monacales, el Calendario Monacal de Ediciones Planeta, el libro vocacional Clara ayer y hoy, el volumen del VIII Centenario Puesta Segura… También colaboré con Concepcionistas y Teresianas. Dibujaba a pluma, con tinta china, aerógrafo, sprays…

Recuerda incluso trabajos en barro cocido junto al artista burgalés Núñez, de Quintanilla del Agua: figuras, pilas de agua bendita para aniversarios sacerdotales. Y una producción incansable de muñecos, lámparas y peluches.

—Nos pagaban las ilustraciones. Aquello ayudaba a sostener gastos. Era creatividad puesta al servicio de la comunidad.

Belorado: reconstruir desde los cimientos

En octubre de 1998 se trasladó al Monasterio de Santa Clara de Belorado, con 32 años, para colaborar en su revitalización.

—¿Qué encontró allí?

—Mucho trabajo. Había que reconstruir edificio, obrador, formación inicial… En Belorado prácticamente enterré mi vena artística.

Fue sacristana, hospedera, telefonista, encargada de riego y jardines. Durante diez años (1998–2008) asumió la responsabilidad de obras junto a la Madre Pureza, liderando la reconstrucción integral del monasterio.

—No era solo levantar muros —aclara—. Era levantar una comunidad.

En 2003 fue nombrada auxiliar del noviciado; en 2005, maestra de novicias y junioras. Y el 26 de julio de 2011, festividad de Santa Marta, fue elegida abadesa.

—El cargo no es un honor, es una carga —afirma—. Gobernar es velar por la fidelidad a la regla, por la economía, por cada hermana.

Derio: fusión y fundación

El mismo año de su elección, el monasterio de Derio solicitó la fusión con Belorado.

—Se votaron el mismo día una fusión y una fundación —explica—. Don Mario suprimió el monasterio de Derio e hizo la fusión. El 28 de octubre de 2013 Roma decretó la nueva fundación en Derio, que actualmente no ha sido anulada.

Aclara que en Derio “solo puso el broche a lo que dejó preparado la Madre Pureza entre 2009 y 2011”. Sin embargo, dirigió las obras de reconstrucción hasta 2020, impulsó formación profesional para las monjas con la Escuela Artxanda y promovió iniciativas económicas como la tienda monástica (2013) y la hospedería (2016).

Innovación y sostenibilidad

Entre 2020 y 2024 supervisó la reconstrucción del monasterio de Orduña, mejoró tejados y promovió ahorro energético con placas fotovoltaicas para calefacción global.

—La pobreza franciscana no es descuido —dice—. Es responsabilidad.

Impulsó también una huerta ecológica con taller de embotados y zumos frescos, cuyos productos se vendían en mercados locales.

—Trabajar la tierra nos devuelve a lo esencial.

Convicción y conflicto

En 2024 cumplió 40 años en la Orden de Santa Clara. Ese mismo año, el 13 de mayo, junto a su comunidad, manifestó públicamente su salida de la denominada Nueva Iglesia Romana Conciliar.

—¿Cómo se vive una decisión así?

—Con dolor. Nadie busca el conflicto. Pero la conciencia no se delega. Si creemos que debemos permanecer fieles a nuestra fe y a nuestra consagración según la forma de vida de San Francisco y Santa Clara, actuamos en consecuencia.

Su figura ha sido admirada por unos y cuestionada por otros. Se la describe como firme, combativa, poco inclinada a someterse sin más a la autoridad tradicional. Ella escucha esas definiciones sin alterarse.

—La serenidad no es ausencia de conflicto —repite—. Es determinación profunda ante la adversidad.

La entrevista concluye donde comenzó: en la hospedería, ese punto de encuentro entre clausura y mundo. La puerta vuelve a cerrarse con suavidad. Queda la impresión de haber conversado con una mujer que ha conjugado arte y administración, reconstrucción y contemplación, obediencia y convicción.

En el piano de Belorado, cada tecla es necesaria. Y la abadesa, más que solista, se entiende a sí misma como quien mantiene afinado el instrumento para que la melodía —imperfecta, humana, perseverante— pueda seguir sonando.

Francisco Canals

Los fenómenos demoníacos del Monasterio de Derio

En 2020, las monjas de Belorado abandonaron el Monasterio de Derio después de casi una década marcada por fenómenos que describen como preternaturales y aterradores. Ninguna de ellas quiso pasar ni una sola noche más en el convento.

La historia comenzó en 2011, cuando las religiosas llegaron al Monasterio de Derio tras recibir una llamada de SOS entre comunidades religiosas, un recurso que se activa cuando un convento necesita revitalización. En estos casos, las monjas de otros conventos acuden para fortalecer comunidades en decadencia, especialmente cuando las religiosas mayores mueren y no hay relevo de nuevas integrantes.

Lo que encontraron en Derio fue un convento en estado crítico: monjas muy mayores con problemas físicos y psicológicos, y un ambiente que pronto reveló signos inquietantes. Entre los fenómenos que relataban estaban risas y llantos nocturnos, objetos que se movían sin explicación, manos heladoras que las tocaban por la espalda, luces que se encendían o apagaban solas y puertas que se abrían como si una mano invisible las accionara. Cada noche se volvía un desafío; el miedo era tal que las monjas solicitaron a la abadesa no pasar más tiempo allí.

La intensidad de estos sucesos las llevó a solicitar la ayuda de exorcistas. Entre 2011 y 2016 los fenómenos fueron especialmente frecuentes, aunque persistieron hasta 2020. Se enviaron hasta tres exorcistas distintos, ninguno de los cuales logró liberar el lugar del mal que allí sentían.

Además, los fenómenos comenzaron a afectar su vida digital, interfiriendo con los dispositivos electrónicos de la comunidad. “Echábamos sal a los dispositivos, los ordenadores se encendían y apagaban solos”, relataban con angustia las hermanas clarisas del Monasterio de Derio. Las pantallas mostraban imágenes de rostros demoníacos, los teclados funcionaban accionados por una mano invisible y escribían palabras incomprensibles, los teléfonos móviles se encendían o apagaban solos y aparecían imágenes del maligno en los resultados de Google. Al principio pensaron que se trataba de fallos técnicos, pero los fenómenos continuaron con intensidad, extendiéndose al mundo digital y perturbando incluso su trabajo cotidiano y oración.

“Se realizaron oraciones, se asperjó agua bendita y sal sobre los dispositivos, pero la sensación de invasión sobrenatural persistía“.

Una de las teorías sostenidas por las monjas fue que el área había sido escenario de aquelarres, cuya influencia persistía en el convento. Al investigar los alrededores, descubrieron una encina frente al convento, considerada un símbolo del diablo. Al desenterrarla, encontraron una botella en su base, lo que sugería que una monja anterior podría haber hecho un pacto con el demonio. Quemaron el árbol y dispersaron sus cenizas, pero los fenómenos continuaron manifestándose.

En el convento de Derio, las religiosas comienzan a percibir fenómenos preternaturales, que tratan de frenar sin éxito con varios exorcismos y que les obligan a abandonar el lugar. Fenómenos tales como peleas entre las monjas, ruidos inexplicables, objetos arrastrados por el techo, bebés llorando, risas tristes, pasos que van y vienen. Las manijas de las puertas giran con una fuerza invisible. Las luces se encienden y apagan. Los objetos, como las tijeras, se mueven por las mesas por sí solos. Hay objetos que caen repentinamente, voces nocturnas que vienen de la zona exterior, risas, llantos de niños y voces maquiavélicas, partituras que cuando está a punto de tocar el órgano desaparecen e incluso dos monjas ven la figura del demonio en alguna de las paredes.

Las hermanas ponen en conocimiento de la diócesis de Bilbao lo que está ocurriendo y el obispado lleva a cabo diversas investigaciones y procedimientos del ritual de exorcismos. Con todo ello redacta un informe en el que concluye: «No consta la certeza de tales fenómenos».

Cronología de sucesos destacados:

  • 16 de julio de 2016: El exorcista de la diócesis practica un exorcismo en el convento.
  • Julio de 2018: El mismo exorcista considera que no debe repetirse el exorcismo, razón por la cual lo hace el obispo Mario Iceta.
  • Marzo de 2019: Ante la persistencia de los fenómenos, el obispo designa a Ernesto Bilbao como exorcista y confesor ordinario de la comunidad, sin advertirse mejoría.
  • La madre abadesa consulta a tres exorcistas, dos de los cuales indican signos de acción extraordinaria del demonio en el lugar.
  • También se consulta con un exorcista de Roma, que sugiere dos posibles causas: la celebración de aquelarres, misas negras u otros ritos satánicos, o un pacto de alguna monja con el demonio.
  • 28 de diciembre de 2019: El obispo realiza misa y exorcismo en la cripta de la iglesia.
  • 31 de diciembre de 2019: La abadesa solicita traslado al convento de Orduña, alegando la situación insoportable.
  • Marzo de 2020: Los fenómenos empeoran; el obispo permite a cada monja tener una hostia consagrada en su celda.
  • 2020: La comunidad abandona el convento de Derio y se traslada al de Orduña.

Finalmente, el miedo y la imposibilidad de superar los sucesos llevaron a la comunidad de Belorado a abandonar el Monasterio de Derio, dejando atrás un lugar marcado por lo inexplicable y lo sobrenatural, tanto en lo físico como en lo digital.

Francisco Canals

La Pía Unión

La Pía Unión Sancti Pauli Apostoli, conocida popularmente como la Pía Unión vinculada a José Ceacero y Pablo de Rojas, es una asociación religiosa independiente fundada en España en el año 2005. Su impulsor es Pablo de Rojas Sánchez-Franco, quien se presenta como obispo y líder espiritual del grupo. La organización se creó con el objetivo de mantener lo que sus miembros consideran la tradición auténtica de la Iglesia católica anterior a las reformas del siglo XX.

La Pía Unión está formada por un pequeño grupo de religiosos y fieles laicos que siguen sus enseñanzas. Entre sus colaboradores destaca José Ceacero, quien ha actuado como portavoz y figura visible en distintos momentos. Sus miembros incluyen sacerdotes no reconocidos por la Iglesia oficial, seminaristas y seguidores seglares.

Su sede está ubicada en Alar del Rey, donde disponen de casas religiosas y espacios de formación. Desde su fundación, han desarrollado actividades relacionadas con el culto religioso, la formación espiritual y la difusión de sus ideas. También celebran misas, ofrecen dirección espiritual y mantienen una comunidad propia.

La trayectoria de la organización ha estado marcada por su distanciamiento de la Iglesia católica oficial, que no reconoce su legitimidad. Esta situación ha generado tensiones y controversias, especialmente por las afirmaciones de su fundador y su estructura religiosa paralela.

La Pía Unión adquirió gran relevancia pública en 2024 debido a su relación con las monjas clarisas del monasterio de Belorado, en Burgos. Estas religiosas anunciaron su separación de la Iglesia católica y su vinculación con Pablo de Rojas, lo que provocó un conflicto religioso y legal. Este caso generó un gran debate en la sociedad y en los medios de comunicación.

Entre las principales controversias destacan su falta de reconocimiento oficial, las críticas de autoridades religiosas y las disputas relacionadas con la autoridad espiritual sobre comunidades religiosas. Estas situaciones han contribuido a que sea considerada una organización polémica.

En la actualidad, la Pía Unión continúa desarrollando su actividad religiosa de forma independiente. Sus miembros se dedican a la práctica religiosa, la formación de nuevos integrantes y la difusión de sus creencias.

La organización también mantiene presencia en internet mediante su página web oficial, donde publican información sobre su doctrina, actividades y comunicados. A través de este medio buscan dar a conocer su proyecto religioso y atraer a nuevos fieles.

En resumen, la Pía Unión es una asociación religiosa fundada en 2005, liderada por Pablo de Rojas, con presencia en España y protagonismo reciente por su relación con el caso de las monjas de Belorado, siendo una organización rodeada de controversia y debate.

Decenas de propuestas buscan reubicar a las Monjas de Belorado

A solo dos semanas de uno de los desahucios más relevantes de la historia de España, las monjas clarisas de Belorado han recibido más de 30 ofertas a través de la campaña Queremosunconvento.com. Reconocen que reubicarse lleva un tiempo y aún no se ha encontrado una solución definitiva ya que sería necesario contar con un margen de tiempo judicial más amplio.

Entre las numerosas iniciativas figuran ofertas de fincas rústicas, casonas y espacios ubicados en la España vaciada. Sin embargo, muchas de ellas requieren reformas que las monjas no pueden afrontar debido a la falta de recursos económicos. Han llegado propuestas desde Bilbao, Teruel, el País Vasco, Cataluña, Galicia, Castilla y León, Valencia o Andalucía, así como ofrecimientos de espacios vinculados a empresas mineras, inmuebles desatendidos en zonas despobladas, residencias de mayores e incluso habitaciones en domicilios particulares.

En muchos casos, las propuestas recibidas corresponden a espacios que no reúnen condiciones de habitabilidad, están pendientes de reformas o incluso se trata de conventos bajo el control de la Iglesia conciliar, donde no resulta difícil imaginar que podrían ser vetadas.

Asimismo, las religiosas desean compartir con la opinión pública que también han recibido ofrecimientos de viviendas o espacios en el extranjero, especialmente en Francia, Bélgica, Portugal y Nueva York. Estas propuestas se han gestionado por teléfono, correo electrónico o videollamadas, y están siendo valoradas como posibles alternativas. De concretarse alguna de ellas, las monjas pasarían a residir fuera de España, donde continuarían su vida comunitaria y su labor, aunque ello implicaría aprender idiomas o adaptarse a nuevos entornos culturales.

Las monjas subrayan que en España se sienten poco valoradas y, en ocasiones, incluso maltratadas, en un proceso de criminalización sin precedentes.

«Si somos tan malas en España, debemos considerar la opción de marcharnos al extranjero»

Las monjas de Belorado continúan trabajando día y noche para encontrar una solución viable que les permita preservar su vida comunitaria. Son la selección española de las monjas —afirma Francisco Canals— y no las debemos perder, son un valor para nuestra sociedad.

Actos de vandalismo en el Monasterio de Derio

La Comunidad de Monjas Clarisas de Belorado informa a la opinión pública y a los medios de comunicación sobre una serie de hechos acontecidos en el Monasterio de Derio, inmueble que sigue bajo su responsabilidad.

Durante las últimas semanas se han producido actos de vandalismo en dicho monasterio, causando daños materiales y alterando la paz propia de un espacio consagrado a la vida religiosa. Estos sucesos han sido ya comunicados a las autoridades competentes, con las cuales están colaborando activamente para su investigación.

Las religiosas desean recordar que, en años anteriores, las hermanas que residían en el Monasterio de Derio relataron haber experimentado fenómenos que ellas describieron como de carácter preternatural, incluyendo ruidos y risas nocturnas, desplazamientos violentos de objetos, llantos inexplicables y la sensación —en algunos casos la visión— de una presencia de naturaleza demoníaca. Dichos testimonios generaron un profundo temor en la comunidad, hasta el punto de que ninguna hermana pudo continuar su vida cotidiana en aquel lugar.

Estos relatos alcanzaron notable repercusión mediática, llegando a merecer un reportaje de página completa en The New York Times.

En su momento, se solicitó la presencia de sacerdotes designados para oraciones especiales y ritos de liberación, aunque tales intervenciones no consiguieron devolver la tranquilidad espiritual a las religiosas.

En el marco de los vandalis­mos recientes, la comunidad ha constatado rotura violenta de muebles y objetos, forzamiento de puertas, revuelta y dispersión de documentos y la destrucción de varias tallas de madera. Asimismo, se han observado signos y restos materiales que, por su naturaleza, las hermanas interpretan como indicios de la realización de rituales de carácter ocultista o prácticas de índole satánica dentro del recinto. Estos elementos han sido igualmente comunicados a las autoridades para su análisis.

Ante esta situación, la comunidad reitera su preocupación por la seguridad y el respeto debidos al patrimonio religioso y cultural, y pide a la sociedad prudencia, colaboración y oración por la paz espiritual y material de todos los lugares consagrados.